El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

Archive for febrero 2013

Rumores de Taberna

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Tavern, by Temarinde

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El paladín se alejó del catre donde dejara a Rue descansando y comenzó a ordenar sus armas y su petate en uno de los rincones de la estancia. Tendría que limpiar la cota de mallas al día siguiente para evitar que se acabase oxidando, pero no demasiado, ya que la necesitaría con aquél aspecto descuidado y sucio durante varios días más. Meses atrás nunca habría dejado que su armadura acabase en semejante estado.

Ataviado con sus ropas de lino y la pesada capa, todavía sucias por el viaje, tomó la llave de la habitación que le dejara el posadero y salió de la estancia. Bajó las escaleras y con reticencia volvió a penetrar en la sala común. El ambiente no había decaído ni un ápice desde que llegase, y prueba de ello era el grupo de diez parroquianos que cantaba en aquellos momentos una marcha militar en una de las esquinas de la sala, entre pasos de baile exagerados y abrazos cargados de ebria amistad. De vez en cuando alguno de los cantantes alteraba ligeramente la letra de la canción con alguna nueva rima de su propia cosecha, provocando las carcajadas del resto de los presentes. Había que admitir que algunas eran realmente ingeniosas.

Con cuidado de evitar inmiscuirse en semejante espectáculo, el paladín atravesó el espacio que separaba varias mesas en su camino hacia la barra. El penetrante olor de la bebida, que podía encontrarse en mayor cantidad sobre las tablas de las mesas que dentro de las jarras, se le metió en la nariz, muy a su pesar. A Idan nunca le había entusiasmado la cerveza entánica.

Por fin logró esquivar a un par de soldados que se entretenían en coquetear con una de las camareras del local y llegó hasta su destino. El posadero, que lo había estado observando a hurtadillas con evidente nerviosismo mientras Idan hacía su travesía a través del salón atestado, se apresuró a atenderlo rápidamente.

-¿Qué tenéis de cenar? -preguntó el paladín, a lo que el posadero pasó a detallarle todo un sinfín de supuestas delicias asadas que, tan pronto como diera la orden, serían preparadas para él. Idan suspiró. Luego pidió un plato de estofado, algo de pan y un vaso de vino.

-¿Venís de muy lejos, mi lo… mi señor? -preguntó el posadero mientras servía el estofado, con la clara intención de dar algo de vana conversación. La iracunda mirada que obtuvo en respuesta lo hizo tragar saliva, y aunque Idan quería darle a entender que no requería su compañía, obtuvo el efecto opuesto-. Estoy seguro de que sí -continuó-. Tenéis aspecto cansado, desde luego. Podría aventurar que venís de Nitre, de hecho. Por vuestro acento, y por el aspecto de vuestras y el polvo de vuestras ropas. Parece que habéis estado viajando durante una semana sin deteneros…

El posadero aún continuó parloteando unos segundos, en los que Idan se esforzó en hacer oídos sordos y concentrarse en su comida. Tuvo buenos resultados, y hubieran sido mejores de no ser porque una de las preguntas, hasta el momento aparentemente retóricas, que le había formulado su solícito huésped llamó su atención:

-Y ya que venís de Nitre, dejadme que os pregunte si habéis visto barcos inkaurianos. Dicen que están atacando las costas del este, y que saquean puertos y aldeas. ¿Es cierto? Dicen que son enormes, de velas rojas y…

-Os equivocáis, amigo -lo interrumpió por fin Idan, muy a su pesar, y se lanzó a desempeñar el pale que había estado definiendo durante el viaje-. Como bien habéis observado, provengo de aquella región, ya que me vió nacer. Pero hace muchos años que mi hogar ha cambiado a la región norte de Escisión. No puedo daros ninguna información sobre esos barcos, si bien lo que decís me deja muy preocupado. ¿Son ciertos esos rumores?

El posadero estaba encantado al haber conseguido captar la atención de su interlocutor, y adornó su respuesta con la más sincera de las sonrisas:

-Tan ciertos como que sale el sol por las mañanas, y se pone por las noches. ¡Aunque sea rojo! He conocido a varios soldados que han llegado desde las mismas costas de Nitre. Los barcos que hasta hace poco traían mercancías inkaurianas para comerciar con nosotros han venido esta vez cagados de guerreros con armaduras de madera y armas extrañas. He oído que han arrasado varios pueblos pesqueros, y que apenas han encontrado resistencia.

-El ejército entánico actuará en consecuencia, supongo -aventuró Idan, fingiendo una profunda afectación.

-No lo han hecho hasta el momento -contestó su huésped, que se limpiaba la frente empapada de sudor con el mismo paño con el que había estado limpiando la barra-. La mayor parte del ejército está concentrado aquí en Nívola o ha partido hacia Media Esuarth hace más de una semana para entrar en batalla. El resto está concentrado en Escisión o viene hacia aquí.

Idan frunció el entrecejo. Si el ejército no actuaba para proteger sus tierras solo podía haber dos razones: o el control de sus enemigos, de los verdaderos enemigos, había conseguido extenderse tato como para convencer al rey y a su corte de que convenía perder tierra y vidas con tal de luchar contra Media Esuarth y los westfállicos, o la amenaza de la que hablaba aquél hombre no era tan importante como dejaba entrever. Ninguna de las dos opciones era óptima, si bien él preferiría inclinarse por la segunda. Una pena. Por un momento el paladín había pensado que Entanas tendría que dividir sus fuerzas para abrir un nuevo frente, lo que como mínimo le daría a Maeron y a sus amigos algo de tiempo.

-Pero no lo entiendo. ¿Por qué iba Inkairu a atacar Entanas? No les hemos hecho nada. -continuó indagando. Al fin y al cabo, todos los rumores solían tener algo de verdad.

-¡Que me aspen si lo sé! -contestó el posadero, encogiéndose de hombros.

-Está claro que saben que estamos en guerra con Westfallia, y quieren aprovecharse de la situación para conquistar territorios aquí. Al fin y al cabo, Inkairu está maldito.

A su izquierda, un soldado alto y con el pómulo roto por una enorme cicatriz de espada se había sumado a la conversación. Era joven, si bien su edad quedaba oculta por su rostro desfigurado. Entre frase y frase se detenía para tomar un trago de cerveza, olor que además lo acompañaba con intensidad.

-Puede ser. Pero no creo que Inkairu esté maldito -respondía el posadero a su vez-. He tenido a varios huéspedes que venían desde allí, y todos cuentan que es un lugar impresionante. Incluso dicen que es mucho más hermoso que nuestras tierras.

-¿Y qué van a decir ellos? -contestaba otro soldado, compañero del primero, más bajo y fornido-. Son como los westfállicos: una peste.

Idan suspiró. Había hecho amigos.

-Os lo digo en serio -continuó explicando el soldado alto tras un largo trago de licor-. Es una de las historias favoritas de mi sargento de escuadrón. Al parecer estuvo en Inkairu hace dos años, durante las revueltas que hubo tras la muerte de su antiguo rey, o como sea que lo llamen ellos. Dice que los hombres allí son como ganado. Ellos no habitan la tierra: la tierra los moldea y los hace secos, ásperos, incluso malvados. Los poseen los espíritus, ¡y ellos los adoran! Todos están malditos.

Idan sabía de lo que hablaba. Él también había estado en esas revueltas, casi dos años atrás. Sin embargo, los inkaurianos no tenían nada de malvados: solo cumplían las reglas, y seguían su tradición. Abas no eran, sin embargo, precisamente justas en muchos casos. Allí primaba un sistema de castas, en donde el señor de las tierras posee a las gentes que habitan en ellas. Literalmente.

Eso no impedía que hubiese almas buenas en los territorios más humildes, aunque solían ser desconfiados, secos y cabezotas. El paladín lo sabía muy bien. Había sido muy malherido tras una escaramuza con el ejército de un señor local, y un grupo de campesinos que lo encontraron lo llevaron hasta su hogar. Allí empezaron sus primeros recuerdos, ya que todo lo anterior había quedado inmerso en brumas. Cuando despertó en aquella cabaña inkauriana, pequeña y congestionada de vapores de hierbas en ebullición, solo recordaba su nombre y las pocas palabras de inkauriano que debía haber aprendido antes de ir allí.

-Lo más seguro es que algún señor inkauriano haya oído que estamos en guerra, y quiera aprovechar para llevar a su gente a los ricos territorios entánicos -continuaba explicando el soldado de la cicatriz.

-Está claro que tendremos que echarlos de allí una vez que acabemos con Westfallia -lo coreó su compañero. Idan albergaba serias dudas de que eso llegara a ocurrir.

-Yo he oido -volvió a la carga el posadero- que han venido aquí buscando algo que les hemos quitado. Quizás durante esa guerra que comentas.

-¿Dónde has oido esa tontería? -rieron los soldados sin dar crédito alguno a sus palabras.

-También hay inkaurianos que visitan mi posada -respondió el huésped, molesto porque se le pusieran en duda-. Algunos se emborrachan algo más de la cuenta, y hablan de un “Ouyu” y de un “sama” que les han robado, al parecer. No suelen decir mucho más, la mayoría no sabe hablar entánico.

Idan se puso tenso de repente. Conocía esas palabras, que significaban “princesa”, y que le hicieron recordar algo que había escuchado en Media Esuarth. Coren había descubierto que la secta había raptado a la hija d un noble inkauriano, y que al parecer estaba presa en Nívola. Aquello no podía ser una coincidencia.

-No sabía que también cobijabas aquí al enemigo -dijo con desagrado uno de los dos soldados, el más bajito-. ¿Dejas entrar también a westfállicos para que se coman nuestra comida?

-¡Eh, retira eso! Ni siquiera sabes si es cierto que nos estén atacando.

-Te lo digo yo -insitió el soldado, tozudo.

-Vamos, compañeros -intercerdió Idan con aire apaciguador-. Nuestro huésped solo está haciendo negocios. Nos viene bien, de hecho -continuaba, incluyéndose voluntariamente en el grupo de soldados entánicos en el que sus compañeros parecían haberle metido ya-. Ya que así nos llegan noticias desde inkairu y podemos enterarnos de información importante de primera mano. Suficiente vino hace que cualquier persona se sincere.

-Tiene razón -coincidió el primer soldado-. Los estaríamos espiando sin que lo supieran.

-¡Exacto! -asintió el posadero, alegre de ver alejarse la oscura nube de sospecha que lo había cubierto por un momento-. ¡Y cualquier cosa que yo averigüe, está al servicio de nuestro ejército!

-¿Suelen venir muy a menudo estos inkaurianos? -preguntó Idan, aprovechando el deseo ferviente de su interlocutor de ser leal; o al menos de parecerlo.

-A la mayoría solo los he visto una vez, pero hay dos o tres inkaurianos que se pasan por aquí más a menudo. Uno de ellos ha venido dos veces esta semana, aunque no decía nada. Otro tenía aire de guerrero, y de hecho solía llevar armas. Siempre le decía que estaba prohibido, pero nunca me hacía caso. Ése ha venido casi todos los días.

-¿Y alguno de ellos ha mencionado alguna vez a alguien importante? No sé, a algún noble o quizás un miembro de la realeza…

-Ahora que lo decís, así es -respondió el posadero, animado por la atención que estaba teniendo por parte de su cliente más importante-. Este extraño guerrero solía mencionar algo sobre una princesa, seguido de muchas palabras en su lengua. La verdad es que no se le da muy bien el común. Probablemente volverá mañana, mi señor, por si queréis verlo.

Idan negó con la cabeza:

-Probablemente no me quede tanto tiempo, aunque os lo agradezco.

Entonces se detuvo a medio gesto al percatarse de que tres pares de ojos lo observaban atentamente. Unas figuras que ocupaban una mesa cercana, bajo una ventana que tenía echados los postigos, no dejaban de lanzarle miradas aviesas mientras murmuraban entre sí. Los tres llevaban capas, que no habían dejado aún a pesar del calor que había en el local. Al paladín le pareció ver relucir un anillo de obsidiana en alguno de los dedos, pero no podría asegurarlo. En cualquier caso, decidió que no auguraban nada bueno.

La conversación había derivado hacia la familia real entánica, algo que a Idan le traía bastante sin cuidado. Decidió que era buen momento para despedirse y anunciar que se iba a descansar, tras lo que se alejó de la barra. Sus amigos lo despidieron con ebria cordialidad.

Por el rabillo del ojo, el paladín pudo ver que dos de los hombres que habían estado observándolo se levantaban y lo seguían. Lo último que quería era alarmar a su hija o montar un espectáculo en aquél lugar. Seguro de que podría enfrentarse a cualquier problema que pudiera surgir, y no viendo ningún arma en sus cintos, Idan giró a la izquierda en lugar de subir por las escaleras y salió de la posada. Sus perseguidores lo siguieron.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Nívola, Entanas.
22 de Enero del 1509 d.S.

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Movie: “Aw, poor guy. I understand. It’s not easy being banished. Take my buddy Bigfoot. When he was banished he fashioned an enormous diaper out of poison ivy. Wore it on his head like a tiara. Called himself ‘King Itchy’.”
Monsters Inc. (2001). Produced by Pixar and Disney.

Written by Erizo

19/02/2013 at 17:01

Identidad

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Tavern, by ~hunqwert

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Los goznes volvieron a chirriar al abrirse la pesada puerta de madera, trayendo consigo una repentina ráfaga de viento helado que atravesó a los numerosos parroquianos de la posada “el Borracho Dormido”. Algunos interrumpieron bromas y canciones, alegres y ebrias por igual, para increpar al recién llegado a que cerrara la puerta. Pocos fueron, sin embargo, los que volvieron a mirarlo una segundo vez. Incluso los que lo hicieron, habiendo reparado en la hermosa niña de cabellos avellana y rostro pálido que reposaba en sus brazos, no tardaron en perder el interés. En aquel mes de Enero de 1509, gélido y lúgubre, no era raro ver soldados, guerreros y huérfanos en Nívola. La Guerra contra Westfallia había atraído a lo mejor y a lo peor del reino Entánico a la ciudad, todos dispuestos a formar parte de aquella gran aventura bélica que prometía gloria y riquezas. La parte más conflictiva era la que más se hacía notar, como de costumbre, aunque todos estaban de acuerdo en que lo peor aún no había llegado. En cualquier caso, como aquel recién llegado y su pequeña protegida, otros muchos habían irrumpido en aquella posada en otras noches gélidas y lúgubres. Todos se habían marchado al día siguiente. Ninguno había vuelto hasta ahora.

Así pues, el aspecto de Idan no pareció llamar la atención de nadie. El paladín agradeció en silencio a Thrain su misericordia. Lo último que necesitaba en aquél viaje eran más problemas de los que ya tenía, y mucho menos que lo reconocieran. De hecho, inicialmente no había contemplado la posibilidad de detenerse en Nívola; pero después de varios días de viaje a marchas forzadas, tanto él como la pequeña estaban exhaustos. A pesar de haber considerado montar un refugio y dormir al raso, tuvo que acabar desechando la idea. El aire helado y las nubes prometían lluvia y, posiblemente, el amanecer traería consigo un manto de nieve blanca.

Así pues, Idan resolvió quedarse a las afueras de la ciudad, en cualquier posada humilde que encontrase. Partiría al día siguiente, al amanecer, como tantos otros. Sin embargo, no había caído en que cientos de soldados estarían haciendo uso de posadas como aquella para sus placeres y entretenimientos personales, o simplemente para matar el tiempo. Aquella era, de hecho, la cuarta posada que visitaba. Se dijo que sería la última.

Con decisión, llegó hasta el mostrador y llamó al posadero. Éste le echó una mirada despectiva y rápida, pues la maltrecha cota de mallas y su aspecto sucio y cansado era suficiente. Bufó con desdén y negó con la cabeza.

-Está completo -gruñó con desprecio.

Ya se disponía a darse la vuelta cuando un par de monedas doradas tintinearon discretamente en el mostrador de madera. El posadero se detuvo y, sorprendido, dedicó a su interlocutor una nueva ojeada, en este caso más detenida. Idan sabía perfectamente el aspecto que ofrecía: sudoroso, con ropas sencillas y holgadas, una pesada capa cubriéndole los hombros y una cota de mallas mal engrasada y vieja que apenas relucía a la luz de las velas. No parecía más que un mercenario venido a menos. La mayoría de las personas con las que se cruzaba se quedaban tan solo con aquella imagen y, apoyada por su tendencia de desviar la vista y no llamar la atención, solían olvidarlo poco después de curzárselo. Sin embargo, en aquellos ojos azules también refulgía un brillo inspirado por la nobleza, por una dignidad que, debido a las circunstancias, se veía obligado a ocultar. Y ésta fue la que el posadero, ayudado por la visión del oro, reconoció en la penetrante mirada que lo atravesaba, enmarcada por un entrecejo que parecía acostumbrado a dar órdenes y que éstas se obedecieran con prontitud.

-Disculpadme, mi lord -dijo el posadero tragando saliva con esfuerzo-. Os proporcionaré una habitación inmediatamente. Si sois tan amable de esperar un minuto…

Y haciendo fé a sus palabras, aquel hombre pequeño y regordete desapareció con la agilidad de un gato. Idan pudo escuchar cómo subía las escaleras que conducían a la segunda planta del edificio de dos en dos. Se dijo que debería haber recurrido al oro antes, y se hubiese ahorrado el vagabundeo por las sucias calles de la ciudad. El posadero cumplió su promesa y no tardó ni un minuto en volver. Con palabras grandilocuentes y ademán respetuoso indicó a Idan que lo siguiera.

La habitación que le destinaron era pequeña y sencilla, y sin embargo no cabía duda de que era la mejor de aquella humilde posada. El ambiente estaba tibio gracias al hogar que ardía apaciblemente en un lateral. Sin duda alguien había estado allí alojado hasta escasos momentos antes, y había sido despedido con pocos miramientos.

-Por favor, hacedme saber si necesitáis cualquier cosa, mi lord -se ofreció el posadero con una torpe reverencia, obsequioso.

-No soy un lord -contestó Idan en un entánico cerrado, correcto y sencillo, que despejaría cualquier duda sobre su procedencia-. Tampoco soy un noble o un obispo al que debas hacer reverencia alguna. Solo soy un mercenario con algo de oro de más y la necesidad de una cama decente. Aquí tienes tus monedas. Ahora, por favor, déjanos.

-Por supuesto mi lo… señor. Buenas noches, señor.

El posadero se marchó rápidamente, acariciando su pequeño tesoro con celo, y cerró la puerta tras de sí. Idan suspiró y se permitió relajarse levemente.

-Dioses… Decididamente, viajar de incógnito no es lo mío.

Se dirigió a una de las dos camas que presidían la habitación y acostó a Rue delicadamente. Tras quitarle las botas y las pieles con la que se abrigaba, la cubrió con una manta. Se detuvo a observarla unos segundos. La niña se acurrucó, abrazando la almohada y recogiendo las piernas bajo la manta, enroscándose sobre sí misma. Estaba completamente dormida, y sus labios se curvaron levemente en una sonrisa. Mechones de largo cabello avellana acariciaban sus mejillas y jugueteaban, traviesos, enredándose a su espalda. Idan no dejaba de sorprenderse de cuánto se parecía a su madre, seguro de que ambas compartían la misma belleza casi sobrenatural… casi mágica. Se descubrió a sí mismo sonriendo, embelesado.

-Si tiene que haber una sola razón por la que elija la vida que se ha abierto ante mí, sin duda serías tú -susurró suavemente, y se inclinó para besar suavemente la frente de Rue. Su hija.

O eso continuaba escuchando incesantemente. A nadie le resulta sencillo aceptar que tiene una familia con hijos a la cual ni conocía. En estos casos, el padre solía ser un joven con más atractivo que seso, y con una pasión descontrolada por el sexo femenino. Su prolijidad solía volverse contra él, sobre todo si no había tomado las precauciones debidas en este tipo de aventuras: evitar el embarazo de la mujer, o ser muy rápido en desaparecer después del encuentro. Sin embargo, Idan, además de no haber sido nunca muy dado a los escarceos amorosos, se consideraba alguien íntegro y responsable. Si hubiese sido padre de alguna criatura se habría hecho cargo de ella y de su madre sin dudarlo directamente.

El pequeño detalle en aquel caso, sin embargo, era que él no había estado envuelto en nada que hubiese podido “causar” esa familia. Por todos los diablos, el día que conoció a Iridal ya traía a Rue consigo. ¡De eso no hacía más que unos meses! Y aún así, no había dudado de la palabra de la mujer ni de su responsabilidad por mucho que fuese impuesta, que no la comprendiese o incluso que la temiese. A ambas: la mujer y su palabra.

No solo Iridal parecía cargadas de convicción, aun a pesar de que se perdía en esas teorías de planos de existencia y seres infernales. Algo en sus ojos le decía que podía confiar en ella. Esperaba que se tratase de anhelo, de amor. Intentaba dejar a un lado la posibilidad de que se tratase de desesperación…

Pero había algo más. Algo aún más sutil, más delicado a lo que no lograba poner palabras. Dentro de sí mismo tenía la sensación de que estar donde estaba era lo correcto. Había ocasiones en que pensaba incluso que lo deseaba, y se dejaba llevar disfrutando de la que parecía que se había convertido en su vida. Como en aquél momento. Quizás se debía a que aún quedaban recuerdos enterrados en lo más profundo de su consciencia, debatiéndose débilmente para intentar llevarlo al buen camino. O quizás se trataba de egoísmo y conformidad, y todo lo que estaba haciendo era intentar engañarse a sí mismo. Y es que tras dejarse llevar, los momentos de gozo quedaban empañados por una dolorosa duda: ¿Quiénes eran realmente Rue e Iridal? Y en caso de que estuviesen en lo cierto, ¿quién era él mismo?

Idan sacudió la cabeza lentamente, con aire melancólico. Llevaba mucho tiempo dando vueltas a todo aquello, y siempre llegaba a ese mismo punto. Había decidido que por sí mismo no podría hallar la verdad por mucho que se esforzara, y que la opinión de Iridal siempre sería sesgada. Por eso había resuelto en viajar a Escisión en busca de la única persona que podría arrojar un nuevo punto de vista sobre aquella situación, la única persona en que podía confiar en aquél mundo: su padre.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Nívola, Entanas.
22 de Enero del 1509 d.S.

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Song: “Truth lies in loneliness
When hope is long gone by
I’ll wipe out the bliss of the new age
And welcome you precious night”
– The Soulforged, Blind Guardian.
http://grooveshark.com/#!/s/The+Soulforged/4k4BLK?src=5

Book: La Torre de Wayreth, por Margaret Weis y Tracy Hickman.
Tercer libro de la trilogía de las Crónicas Perdidas de la Dragonlance
http://www.goodreads.com/book/show/2029736.Dragons_of_the_Hourglass_Mage

Written by Erizo

12/02/2013 at 0:59