El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

Identidad

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Tavern, by ~hunqwert

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Los goznes volvieron a chirriar al abrirse la pesada puerta de madera, trayendo consigo una repentina ráfaga de viento helado que atravesó a los numerosos parroquianos de la posada “el Borracho Dormido”. Algunos interrumpieron bromas y canciones, alegres y ebrias por igual, para increpar al recién llegado a que cerrara la puerta. Pocos fueron, sin embargo, los que volvieron a mirarlo una segundo vez. Incluso los que lo hicieron, habiendo reparado en la hermosa niña de cabellos avellana y rostro pálido que reposaba en sus brazos, no tardaron en perder el interés. En aquel mes de Enero de 1509, gélido y lúgubre, no era raro ver soldados, guerreros y huérfanos en Nívola. La Guerra contra Westfallia había atraído a lo mejor y a lo peor del reino Entánico a la ciudad, todos dispuestos a formar parte de aquella gran aventura bélica que prometía gloria y riquezas. La parte más conflictiva era la que más se hacía notar, como de costumbre, aunque todos estaban de acuerdo en que lo peor aún no había llegado. En cualquier caso, como aquel recién llegado y su pequeña protegida, otros muchos habían irrumpido en aquella posada en otras noches gélidas y lúgubres. Todos se habían marchado al día siguiente. Ninguno había vuelto hasta ahora.

Así pues, el aspecto de Idan no pareció llamar la atención de nadie. El paladín agradeció en silencio a Thrain su misericordia. Lo último que necesitaba en aquél viaje eran más problemas de los que ya tenía, y mucho menos que lo reconocieran. De hecho, inicialmente no había contemplado la posibilidad de detenerse en Nívola; pero después de varios días de viaje a marchas forzadas, tanto él como la pequeña estaban exhaustos. A pesar de haber considerado montar un refugio y dormir al raso, tuvo que acabar desechando la idea. El aire helado y las nubes prometían lluvia y, posiblemente, el amanecer traería consigo un manto de nieve blanca.

Así pues, Idan resolvió quedarse a las afueras de la ciudad, en cualquier posada humilde que encontrase. Partiría al día siguiente, al amanecer, como tantos otros. Sin embargo, no había caído en que cientos de soldados estarían haciendo uso de posadas como aquella para sus placeres y entretenimientos personales, o simplemente para matar el tiempo. Aquella era, de hecho, la cuarta posada que visitaba. Se dijo que sería la última.

Con decisión, llegó hasta el mostrador y llamó al posadero. Éste le echó una mirada despectiva y rápida, pues la maltrecha cota de mallas y su aspecto sucio y cansado era suficiente. Bufó con desdén y negó con la cabeza.

-Está completo -gruñó con desprecio.

Ya se disponía a darse la vuelta cuando un par de monedas doradas tintinearon discretamente en el mostrador de madera. El posadero se detuvo y, sorprendido, dedicó a su interlocutor una nueva ojeada, en este caso más detenida. Idan sabía perfectamente el aspecto que ofrecía: sudoroso, con ropas sencillas y holgadas, una pesada capa cubriéndole los hombros y una cota de mallas mal engrasada y vieja que apenas relucía a la luz de las velas. No parecía más que un mercenario venido a menos. La mayoría de las personas con las que se cruzaba se quedaban tan solo con aquella imagen y, apoyada por su tendencia de desviar la vista y no llamar la atención, solían olvidarlo poco después de curzárselo. Sin embargo, en aquellos ojos azules también refulgía un brillo inspirado por la nobleza, por una dignidad que, debido a las circunstancias, se veía obligado a ocultar. Y ésta fue la que el posadero, ayudado por la visión del oro, reconoció en la penetrante mirada que lo atravesaba, enmarcada por un entrecejo que parecía acostumbrado a dar órdenes y que éstas se obedecieran con prontitud.

-Disculpadme, mi lord -dijo el posadero tragando saliva con esfuerzo-. Os proporcionaré una habitación inmediatamente. Si sois tan amable de esperar un minuto…

Y haciendo fé a sus palabras, aquel hombre pequeño y regordete desapareció con la agilidad de un gato. Idan pudo escuchar cómo subía las escaleras que conducían a la segunda planta del edificio de dos en dos. Se dijo que debería haber recurrido al oro antes, y se hubiese ahorrado el vagabundeo por las sucias calles de la ciudad. El posadero cumplió su promesa y no tardó ni un minuto en volver. Con palabras grandilocuentes y ademán respetuoso indicó a Idan que lo siguiera.

La habitación que le destinaron era pequeña y sencilla, y sin embargo no cabía duda de que era la mejor de aquella humilde posada. El ambiente estaba tibio gracias al hogar que ardía apaciblemente en un lateral. Sin duda alguien había estado allí alojado hasta escasos momentos antes, y había sido despedido con pocos miramientos.

-Por favor, hacedme saber si necesitáis cualquier cosa, mi lord -se ofreció el posadero con una torpe reverencia, obsequioso.

-No soy un lord -contestó Idan en un entánico cerrado, correcto y sencillo, que despejaría cualquier duda sobre su procedencia-. Tampoco soy un noble o un obispo al que debas hacer reverencia alguna. Solo soy un mercenario con algo de oro de más y la necesidad de una cama decente. Aquí tienes tus monedas. Ahora, por favor, déjanos.

-Por supuesto mi lo… señor. Buenas noches, señor.

El posadero se marchó rápidamente, acariciando su pequeño tesoro con celo, y cerró la puerta tras de sí. Idan suspiró y se permitió relajarse levemente.

-Dioses… Decididamente, viajar de incógnito no es lo mío.

Se dirigió a una de las dos camas que presidían la habitación y acostó a Rue delicadamente. Tras quitarle las botas y las pieles con la que se abrigaba, la cubrió con una manta. Se detuvo a observarla unos segundos. La niña se acurrucó, abrazando la almohada y recogiendo las piernas bajo la manta, enroscándose sobre sí misma. Estaba completamente dormida, y sus labios se curvaron levemente en una sonrisa. Mechones de largo cabello avellana acariciaban sus mejillas y jugueteaban, traviesos, enredándose a su espalda. Idan no dejaba de sorprenderse de cuánto se parecía a su madre, seguro de que ambas compartían la misma belleza casi sobrenatural… casi mágica. Se descubrió a sí mismo sonriendo, embelesado.

-Si tiene que haber una sola razón por la que elija la vida que se ha abierto ante mí, sin duda serías tú -susurró suavemente, y se inclinó para besar suavemente la frente de Rue. Su hija.

O eso continuaba escuchando incesantemente. A nadie le resulta sencillo aceptar que tiene una familia con hijos a la cual ni conocía. En estos casos, el padre solía ser un joven con más atractivo que seso, y con una pasión descontrolada por el sexo femenino. Su prolijidad solía volverse contra él, sobre todo si no había tomado las precauciones debidas en este tipo de aventuras: evitar el embarazo de la mujer, o ser muy rápido en desaparecer después del encuentro. Sin embargo, Idan, además de no haber sido nunca muy dado a los escarceos amorosos, se consideraba alguien íntegro y responsable. Si hubiese sido padre de alguna criatura se habría hecho cargo de ella y de su madre sin dudarlo directamente.

El pequeño detalle en aquel caso, sin embargo, era que él no había estado envuelto en nada que hubiese podido “causar” esa familia. Por todos los diablos, el día que conoció a Iridal ya traía a Rue consigo. ¡De eso no hacía más que unos meses! Y aún así, no había dudado de la palabra de la mujer ni de su responsabilidad por mucho que fuese impuesta, que no la comprendiese o incluso que la temiese. A ambas: la mujer y su palabra.

No solo Iridal parecía cargadas de convicción, aun a pesar de que se perdía en esas teorías de planos de existencia y seres infernales. Algo en sus ojos le decía que podía confiar en ella. Esperaba que se tratase de anhelo, de amor. Intentaba dejar a un lado la posibilidad de que se tratase de desesperación…

Pero había algo más. Algo aún más sutil, más delicado a lo que no lograba poner palabras. Dentro de sí mismo tenía la sensación de que estar donde estaba era lo correcto. Había ocasiones en que pensaba incluso que lo deseaba, y se dejaba llevar disfrutando de la que parecía que se había convertido en su vida. Como en aquél momento. Quizás se debía a que aún quedaban recuerdos enterrados en lo más profundo de su consciencia, debatiéndose débilmente para intentar llevarlo al buen camino. O quizás se trataba de egoísmo y conformidad, y todo lo que estaba haciendo era intentar engañarse a sí mismo. Y es que tras dejarse llevar, los momentos de gozo quedaban empañados por una dolorosa duda: ¿Quiénes eran realmente Rue e Iridal? Y en caso de que estuviesen en lo cierto, ¿quién era él mismo?

Idan sacudió la cabeza lentamente, con aire melancólico. Llevaba mucho tiempo dando vueltas a todo aquello, y siempre llegaba a ese mismo punto. Había decidido que por sí mismo no podría hallar la verdad por mucho que se esforzara, y que la opinión de Iridal siempre sería sesgada. Por eso había resuelto en viajar a Escisión en busca de la única persona que podría arrojar un nuevo punto de vista sobre aquella situación, la única persona en que podía confiar en aquél mundo: su padre.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Nívola, Entanas.
22 de Enero del 1509 d.S.

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Song: “Truth lies in loneliness
When hope is long gone by
I’ll wipe out the bliss of the new age
And welcome you precious night”
– The Soulforged, Blind Guardian.
http://grooveshark.com/#!/s/The+Soulforged/4k4BLK?src=5

Book: La Torre de Wayreth, por Margaret Weis y Tracy Hickman.
Tercer libro de la trilogía de las Crónicas Perdidas de la Dragonlance
http://www.goodreads.com/book/show/2029736.Dragons_of_the_Hourglass_Mage

Written by Erizo

12/02/2013 a 0:59

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