El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

Fighting in the Alleyways

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Snowing Alleyway

Snowing Alleyway

 

El cielo, cubierto de nubes, brillaba con una tonalidad anaranjada rojiza enfermiza y cargada de malos presagios. “Una noche perfecta para buscarse problemas”, se dijo Idan. Mientras continuaba avanzando en dirección a las letrinas, situadas en la parte trasera de la posada, sintió como algo frío se posaba en su rostro. Había comenzado a nevar.

El susurro de unos pasos a su espalda llamó su atención. No es que no los esperara. Más bien es que le pareció curioso que avanzasen con tan poco disimulo. Se detuvo y se apoyó contra el muro de la posada, como si estuviese mareado. Les daría tiempo para que lo alcanzaran, y la oportunidad de que pasaran de largo. Asintió levemente, satisfecho, cuando no la aprovecharon.

-¡Eh, tú! -lo llamó uno de sus perseguidores en entánico, en un alarde de inspiración creativa y en absoluto estereotipada.

Idan se volvió lentamente, todavía apoyándose en la pared, y tratando de resguardarse en la capa. Para asombro de sus perseguidores, sonreía levemente.

Ante él se hallaban dos hombres de unos treinta años, de tez morena y cabellos cortos, ralos y negros. Tenían pinta de personas curtidas, aunque se movían con un aire furtivo poco propio de los hombres de armas comunes. No eran soldados, de eso no había duda. Iban embozados con sendas capas negras, sencillas, que aún a pesar de estar algo raídas todavía conservaban cierto lustre y denotaban calidad.

-No sé quién eres -continuó el hombre que había hablado, de mandíbula robusta y barba incipiente, mientras hacía crujir sus nudillos-, pero haces muchas preguntas. Quizás sea hora de que empieces a dar respuestas.

La sonrisa de Idan se ensanchó, tomando un matiz sardónico. Sus ojos no se alzaban del suelo, ofreciendo todavía la imagen de la borrachera.

-Se está riendo de nosotros, James -dijo el segundo matón, de nariz bulbosa y ojos pequeños. Se echó hacia atrás la capa y mostró un cuchillo, que reflejó la luz titilante de una antorcha cercana.

-Está borracho -respondió el primero despectivamente-. Vamos, soldadito -continuó dirigiéndose a Idan-. Contesta. ¿Qué sabes de los inkaurianos que han venido a Nívola? ¿Quién te ha hablado de una princesa?

Los matones dieron un paso hacia él.

-Cometéis un error -los detuvo Idan, su tono de voz bajo e imperioso.

Estaba cansado, había viajado durante muchas horas, casi sin detenerse… y a pesar de todo, esperaba con anticipación el momento en que pondría a aquellos dos idiotas en su lugar. Sus músculos se tensaron y sintió el flujo de la adrenalina. Sus ojos se alzaron en busca de sus enemigos. Estos se miraron entre sí.

-James, creo que está loco -susurró el hombre del cuchillo a su compañero.

-Razón de más para quitarlo de su miseria -respondió el llamado James en un alarde de valor. Su voz se quebró al terminar la frase, sin embargo. Dudaba.

En este caso fue Idan quien se acercó un paso a sus interlocutores, que se alarmaron visiblemente y se pusieron en guardia.

-Voy a deciros lo que va a pasar -continuó diciendo el paladín-. Vais a decirme todo lo que sepáis sobre una princesa inkauriana. En especial si esa princesa está en la ciudad. O si ha pasado por aquí.

Un bufido que pretendía ser valiente lo interrumpió en su explicación. Sin embargo, quien lo emitiera no se atrevió a añadir nada más. El silencio cayó de nuevo entre los tres hombres, hasta que Idan lo rompió para continuar:

-Podéis intentar atacarme. Adelante. De hecho, por Thrain, espero que lo hagáis. Pero si tenéis ganas de acabar la noche en vuestra casa, en vuestro propio catre, y no sangrando en mitad de la calle o en un calabozo, os animo encarecidamente a que empecéis a hablar ahora. Porque hablaréis. Que no os quepa duda. De un modo u otro, hablaréis.

-Verdaderamente está loco -dijo James a su compañero, que miraba a su pretendida víctima con desconfianza-. Es solo un hombre, y está borracho. Ni siquiera va a tocarnos.

-No sé, James. Quizás deberíamos…

En ese momento James saltó. Idan, que lo estaba esperando, se apartó ágilmente y alzó su capa en mitad de la trayectoria de su asaltante. Éste no pudo evitar enredarse con ella al caer en el lugar donde un momento antes había estado su objetivo. De un fuerte tirón, Idan pudo sentir como los pies de su enemigo abandonaban el suelo y su cuerpo giraba en el aire, movido por su propio impulso. Pudo escuchar un satisfactorio gemido cuando el matón cayó de bruces.

Su segundo asaltante se lanzaba en ese momento hacia él, empuñando la daga. Idan esquivó dos puñaladas rápidas y consiguió desviar una tercera agarrándole la muñeca. Lanzó un puñetazo que fue a estrellarse en el rostro de su enemigo. Éste, con un grito, soltó la daga para llevarse las manos a la nariz. Estaba rota.

El llamado James se levantaba en aquél instante, barbotando insultos en su lengua, y se lanzó de nuevo contra el paladín. Intercambiaron puñetazos durante algunos segundos, pero mientras que los del matón se estrellaban contra los brazos o la capa del paladín, los de éste acertaban en el rostro, el cuello, el pecho y los costados de su enemigo. Por fin, Idan logró encajar un puñetazo en la mandíbula que dejó a su contrincante tembloroso y confuso.

-Y esto -dijo el paladín-, de parte de todos los inkaurianos.

Y giró rápidamente sobre sí mismo lanzando una patada que golpeó a James en el rostro, lanzándolo de espaldas al suelo. Una vez allí, no volvió a moverse.

Idan sonrió satisfecho. Respiraba con algo de pesadez, debido al cansancio acumulado, pero concluyó que el ejercicio le había sentado bien. Estiró un poco los brazos, y se dirigió con decisión hacia el hombre que lo había atacado con la daga, que seguía en el suelo palpándose la nariz.

-¡No, por favor, no me hagas daño! -dijo el asaltante, tembloroso.

Idan pudo confirmar que aquél hombre no era un guerrero ni un soldado. Se comportaba como un cobarde, y no era capaz de soportar una herida como aquella sin desmoronarse. O eso, pensó, o estaba fingiendo.

-¿Cómo te llamas, villano?

-Ronnald, mi señor. Por favor, me rindo. No deseo luchar. Tan solo dejad que me vaya.

-Me temo que es un poco tarde para esa opción, Ronnald. Será mejor que empieces a contarme…

En ese momento, un manto de oscuridad cubrió a ambos hombres, e hizo que se perdieran de vista el uno al otro. Idan no podía ver absolutamente nada, ni siquiera sus manos. Parecía como si se hubiese quedado ciego. Instintivamente se puso en guardia y se desplazó hacia atrás, intentando llegar hasta una pared donde poder montar una defensa, aunque fuera a ciegas. Podía escuchar los gritos asustados de Ronnald, aunque le parecieron amortiguados. Aquella oscuridad era densa y pegajosa.

Un horrible golpe lo sorprendió en el hombro izquierdo, y no pudo evitar un grito de dolor al sentirlo crujir. Notó como su cuerpo se estremeció como si una aguja helada lo atravesase y fuese consumiendo sus fuerzas. Se echó la mano derecha sobre el hombro herido y saltó a un lado pesadamente para ir a estrellarse contra la pared que inicialmente había estado buscando. Acto seguido echó a correr hacia delante. Sintió el viento provocado por algo pesado que rozó su cabello y estuvo a punto de estrellarse contra su sien. No se detuvo a preguntarse qué podía ser.

Se desplazó totalmente a ciegas en una carrera que se le hizo la más larga de toda su vida, aun a pesar de que recorriese quizás un total de treinta metros. Por fin su visión se aclaró, y pudo contemplar el callejón en el que se había internado hacía unos minutos. La luz se colaba a través de la rendija de la puerta principal de la posada, los copos de nieve caían suavemente sobre él. Idan respiró aliviado. Entonces se dio la vuelta, y pudo ver como un manto de completa negrura parecía haberse materializado en medio de la calle, absorbiendo un pedazo de la misma y haciéndola desaparecer. Era como si una cúpula de oscuridad hubiese engullido el suelo, las paredes, y el aire que formaban un trozo de aquél callejón. Los copos de nieve que tenían la desgracia de caer en aquella cúpula desaparecían entre las tinieblas. Los gritos de Ronnald todavía podían oírse como si llegasen desde más de un kilómetro de distancia.

Idan maldijo y se alejó un par de pasos más, dispuesto a echar a correr. Sea lo que fuese que hubiese convocado aquél manto de tinieblas, tenía poder. Y él estaba desarmado. Pero entonces se acordó de Rue. No podría dejarla allí sola. La encontrarían, y se la llevarían. No les resultaría difícil. Rue no era alguien que pudiese permanecer escondida mucha tiempo.

Entonces escuchó una carcajadas apagadas y crueles. De aquél pedazo de oscuridad infernal le pareció que un pedazo se desprendía con dificultad para recortarse poco a poco en una figura humana. Jirones de sombra se enredaron en brazos y piernas a medida que aquella criatura, que resultó ser un hombre, emergía lentamente. Una pesada maza de metal, que irradiaba un aura terrible e impía, pendía de uno de sus brazos, y bajo los rasgos retorcidos y los ojos brillantes y crueles de aquél rostro colgaba al cuello una cadena de hierro con un medallón negro como la sombra de la que parecía haberse creado. Dos serpientes casi se retorcían en la roca con una vida impura y malévola.

Idan retrocedió sin dejar de sostenerse el hombro, intentando sobreponerse al dolor y concentrarse. Aquél hombre despedía un aura maligna a su alrededor. Indudablemente se trataba de uno de los sacerdotes de la Secta. Acto seguido hizo un rápido repaso de sus opciones. Concluyó que no le quedaban muchas, desde luego.

-Tienes los ojos muy redondos para ser inkauriano, soldado -dijo aquél hombre con voz áspera y sibilina. Idan no pudo evitar estremecerse-. Sin embargo, eres claramente un aliado suyo. Incluso sabes de la existencia de la princesa cautiva. No sé si te das cuenta con quién estás tratando, infiel. Pero vas a tener la oportunidad de descubrir más de lo que te gustaría. Vamos a hablar, tú y yo.

¡Benditos fueran los Dioses! Aquél era una de esas personas que les gusta vanagloriarse en la victoria. Quizás, si tuviese suficiente tiempo…

-No sé de qué me hablas, monstruo -dijo Idan, fingiendo estar aterrado. Mientras, comenzó a murmurar unas palabras apresuradas. El dolor de su hombro izquierdo comenzó a remitir.

-¡Monstruo! ¿Me acusas de ser un monstruo, cuando eres tú quien te opones a los sagrados designios del Dios de los Dragones? Tu ignorancia es la que te hace un monstruo a mis ojos. ¿Qué eres? ¿Un peón de algún noble inkauriano? ¿Un mercenario a sueldo, un espía quizás? Veo el temor en tus ojos. Empiezas a comprender -dijo, acercándose a Idan-. Vamos, dime lo que quiero saber y tu muerte será… menos dolorosa.

-¡No, por favor! -exclamó Idan, que se echó de hinojos al suelo, implorando clemencia. Su mano derecha buscó la caña de la bota, donde solía guardar una daga. Reprimió un suspiro de alivio al rozar el mango con la punta de los dedos, y continuó-. Te diré lo que desees: el nombre de mi señor, sus planes… Pero por los Dioses, no me mates.

El sacerdote soltó una carcajada mientras continuaba acercándose a su presa, balanceando su maza a un costado. Un haz de luz negra seguía su movimiento en todo momento. Por fin, llegó al lado del paladín, que alzó la vista para observarlo con ojos asustados.

-Te diré un secreto, gusano -dijo el sacerdote, posando la mano sobre la frente del paladín. Estaba fría como el hielo-. Los Dioses no existen…

Aquél era el momento que esperaba.

-¡Por Thrain! -gritó Idan, y un fulgor azulado envolvió la hoja de su daga. En un movimiento fluido, el paladín se abalanzó cargando todo su peso en un único golpe. La fuerza que consiguió fue suficiente para penetrar las placas de cuero curtido de su enemigo y atravesar su pecho. Al mismo tiempo, la energía sagrada que contenía el golpe destrozó sus costillas y estuvo a punto de atravesar su espalda.

El sacerdote soltó la maza, que cayó al suelo perdiendo su brillo negro, y se aferró a los hombros de Idan con ambas manos. El dolor era evidente en sus ojos inyectados en sangre, pero aún así tuvo fuerzas suficientes para acercar las manos hasta su garganta.

-¡Un paladín! No puede ser… -susurró mientras hilos de sangre caían desde la comisura de sus labios. Sus manos heladas continuaron su camino hacia la garganta de Idan, y comenzaron a ejercer presión. Sus dedos parecían tiras de hierro helado, y sus uñas se clavaron en los músculos de su cuello, buscado las venas.

Idan apretó los dientes e intentó deshacerse del cuerpo del sacerdote, pero no logró romper su presa. Sus manos estaban guiadas en ese momento por una voluntad superior, un ente maléfico que había identificado a un enemigo peligroso, y que no dejaría que se le escapase. Idan se dio cuenta de esto, e hizo un nuevo intento por concentrarse. No sabía si era Thrain quien respondía a sus plegarias, pero fuera lo que fuese, esperaba que no le fallara en ese momento.

Asiendo el mango de su daga con ambas manos, el paladín volvió a sentir la calidez que lo había envuelto momentos antes, justo al lanzar su ataque. Supo que no estaba solo. Que no lo estaría nunca. Que algo o alguien lo cuidaba. Y que aquél no era su final. Con un nuevo impulso, la daga penetró más profundamente en el cuerpo del sacerdote, y una nueva descarga de fuerza sagrada hizo que éste soltara su presa y cayese un par de metros hacia atrás. En el mismo momento en que tocó el suelo, el campo de oscuridad se desvaneció.

El sacerdote había muerto.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos. 
Ciudad de Nívola, Entanas. 
22 de Enero del 1509 d.S.

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Song: “A warning to the people,
the good and the evil.
This is war…”
– This is War, 30 seconds to mars
http://grooveshark.com/#!/s/This+Is+War/4CPhmv?src=5

Written by Erizo

29/07/2013 a 1:53

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