El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

Archive for febrero 2016

Historias y Recuerdos

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Lo más importante en esta vida es ser generoso sin esperar nada a cambio.

Eso decía Dolores cuando la vida decidió que tenía que llevársela a ella, a su marido y a sus hijos, a Cataluña.

El pueblecito donde se asentaron era pequeño y lleno de gente humilde. Allí su marido había logrado encontrar un empleo, y el que sería su hogar durante varios años se le antojaba a su llegada exótico y misterioso, al mismo tiempo que gris y frío. Dolores, llena de juventud y de una alegría que tan solo puede encontrarse en el Sur, no podía evitar echar la vista en esa dirección buscando en el horizonte un rastro de otra tierra, otras gentes, otra vida que se le hacía ya inevitablemente destinada a quedarse en el pasado.

Tres consuelos tenía Dolores ante el dramático cambio que se había obrado en su vida: su familia, que veía crecer con salud y fuerza; el mar, que si bien parecía distinto, ella lo reconocía en su reconfortante olor y presencia; y la rutina, en forma de orden y concierto que se esforzaba en otorgar a su alrededor, de cuidado, de compras, de entradas y salidas en un afán de ayudar y guiar a su familia.

Como parte de esta rutina, Dolores visitaba regularmente la iglesia, al igual que el resto de sus vecinos. Esta pequeña iglesia dominaba el también pequeño pueblo en el que ahora vivían, alzándose una corta torre de piedra sobre los tejados de las casas colindantes. Una campana repicaba cada media hora, anunciando el paso de un tiempo que aún a aquellas alturas Dolores no sabía determinar si, al pasar, lo hacía rápido o lento. Y en sus ventanas cuadradas, en su fachada seria y cubierta de musgo, en su puerta de pesada y oscura madera, ella veía un nuevo símbolo de calma, de familiaridad en un mundo y una vida que había cambiado de repente, sin haber tenido la decencia de avisarla.

El párroco de la iglesia era tan austero como el propio edificio. Hombre alto y extremadamente delgado, producto quizás de los años de guerra y de posguerra que parecían no quedar nunca lo suficientemente lejos. Su hábito negro con sotana y sus sienes orladas de un fino pelo grisaceo no hacían sino acentuar unas profundas ojeras y los huesudos y prominentes pómulos que configuraban su por lo demás pálido rostro. Sus palabras al decir misa, que mezclaban el catalán, el castellano y el latín, le parecían a Dolores tan grises como aquella iglesia, aquel pueblecito… en definitiva, aquella tierra lejana. Y se preguntó si en aquél lugar el color se había marchado como lo habían hecho ellos de su hogar, y en ese caso, cuál sería la dirección que habría tomado.

El regular paseo desde su pequeña casa hasta la iglesia, la penumbra de la capilla bañada por sendos haces de luz que se colaban por las ventanas de cristal cubierto de polvo, las palabras monótonas y el recitar martilleante de plegarias en latín coreadas por los asistentes… todo ello conjugaba un ambiente que, en definitiva, le resultaba conocido y familiar, y que la reconfortaba, le proporcionaba un punto de apoyo sólido en un mundo súbitamente cambiante.

Las horas de recitar plegarias casi de forma ausente, que Dolores sabía al dedillo desde su más tierna infancia, las amenizaba contemplando la imagen de una virgen que, tras el altar, dejaba caer tres lágrimas pétreas que parecían querer descender por el rostro de madera de la imagen. Al contemplarla, Dolores se encontraba probablemente a sí misma, doliente pero fuerte y tenaz. Y se preguntaba si también la Virgen sería capaz de, como ella, ver el gris que las rodeaba en aquel pequeño pueblo, aquella maltrecha tierra en aquellos tristes tiempos. Y se consolaba pensando que quizás, si bien pudiera no encontrar nada más en común con nadie en aquel lugar, ya sentía que alguien podía entenderla y acompañarla.

Un día, Dolores decidió que aquél retablo donde se encontraba su amiga y patrona debía antojársele descarnado y frío, aún a pesar de las pequeñas imágenes que decoraban sus facetas, y el oro que remataba los bordes y los marcos de noble madera. Fue el sábado antes de la misa cuando, aprovechando para hacer un mandado, se escabulló a las afueras del pueblo, casi perdiéndose en mitad del campo, para entretenerse en recoger flores. Así lo hizo una vez, y dos y tres ese mismo día de comienzos de primavera, cuando las flores comenzaban a despuntar con brillantes colores. Y cada vez que regresaba al pueblo con una cesta llena de flores, perfectamente ordenadas en manojos, se dirigía a la iglesia que permanecía abierta todo el día. Una vez allí, entre la lúgubre penumbra y los ominosos haces de luz, vestía Dolores a su Virgen decorando el retablo con cariño y paciencia.

El domingo llegó, y Dolores subió feliz de nuevo a la Iglesia, una inocente sonrisa bailando en su rostro, contenta de volver a su amiga y señora adornada en flores. Y en tal felicidad se perdieron sus pensamientos, que no se percató de que sus vecinos observaban también el retablo, asombados y cuchicheando.

Preguntas surgían en castellano y catalán, a las que Dolores no lograba prestar oidos; tamaña era su dicha. Y fue la profunda voz del párroco la que, retumbando en la pequeña capilla, silenció a los presentes y sacó a Dolores de su ensimismamiento.

-¡Mirad todos! ¡Mirad a nuestra virgen, cubierta de flores frescas y arreglada hasta el más mínimo detalle! -decía, su otrora severo rostro iluminado por una tenue sonrisa.

Y sus palabras dieron paso a un breve silencio donde se hizo patente lo obrado en aquél retablo. Tal había sido la humildad, tal la sencillez, tal el cariño que la imagen de aquella virgen parecía brillar con una luz propia hasta entonces desapercibida, iluminando a los presentes y las almas de cada uno de ellos. Por unos brevísimos segundos, todo un pueblo gris, sufridor y áspero debido a su historia reciente, halló un atisbo de luz y de color en su corazón, producto de una composición de flores silvestres tan sencilla y a la vez tan dulce que el frío que gobernaba huesos y ánimo se entibió ligeramente.

-¡Y mirad! -continuó el cura-. ¡Mirad que ha tenido que ser alguien que no es de este pueblo, ni de esta tierra… Ni siquiera de Cataluña, quien ha encontrado el tiempo y el amor en su corazón para vestir a nuestra virgen! ¡Bendita sea!

Y Dolores se sintió enrojecer, mientras todos los presentes la observaban entre admirados, agradecidos y humildes ante su propia demostración de humildad.

Prosiguió la misa, pero aquél día parecía una pizca más alegre, una pizca más cálida. Y saliendo de la iglesia, se acercaron todos los asistentes a felicitar a Dolores por su arte, por su gracia y por su demostración de cariño para con su pueblo.

Un pueblo donde Dolores pasaría años, ni más ni menos del que, posteriormente, querría haber pasado.

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Hay historias que no se olvidan, quizás no solo por haberlas escuchado muchas veces, sino porque desprenden una calidez que acaba achacándose al alma de algunas personas.

Son historias que no deberían perderse.

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Movie: “A man tells his stories stories so many times, that he becomes the stories. They live on after him, and in that way he becomes immortal.” – Big fish, with Ewan McGregor. Directed by Tim Burton. http://www.imdb.com/title/tt0319061/?ref_=ttqt_qt_tt

Written by Erizo

27/02/2016 at 12:55

Publicado en Reflexiones

Reencuentro – Parte I

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-Acercaos a mí -ordenó Iridal. Todos los presentes obedecieron con prontitud, y se congregaron alrededor de la hechicera en el salón de recepciones del Castillo de Media Esuarth-. Voy a volvernos invisibles, y luego lanzaré un conjuro que nos llevará a la entrada de Qumran.

>>Cuando lleguemos allí, procurad no soltaros. No podremos vernos los unos a los otros, estando invisibles. Y si alguno se pierde en la niebla…

Dejó la frase sin terminar, paseando sus profundos y acerados ojos pardos y deteniéndolos en cada uno de los allí presentes.

Dart-Dos sintió cómo los dedos de Kaith se aferraban con fuerza a su hombro. A excepción de ese pequeño detalle que tan solo pudo percibir el enano, la semi-atlante, todavía con cicatrices en el rostro, ofrecía un aspecto decidido e impasible.

-¿Qué haremos una vez estemos dentro? -preguntó Nessa, impaciente-. ¿Solo tenemos que buscar a esa enana y ya está? ¿Ella tiene las gemas de Taryc?

Taryc asintió a las palabras de la salvaje, pero no añadió nada más. Dart-Dos sabía que le estaba observando, y no pudo evitar un escalofrío. Frunció el ceño, molesto.

-Es posible que, si tal y como dice Taryc, esa enana se encuentra en una situación temporal extraña, se trate de la perturbación que siento en las Montañas Azules -añadió Kaith-. Si es así, quiero hablar con ella.

-Insisto en que me parece muy peligroso, Kaith. En estos momentos las Montañas Azules son el territorio de Levain. El riesgo es enorme -era Ashazaar quien, con gran educación, casi con cariño, increpó a Kaith en estos términos.

-Si esa enana está en la misma situación que yo, quizás sea la única persona que pueda decirme qué me está ocurriendo. No hay otra opción: debo ir -contestó Kaith, tajante.

-Y no irás sola -declaró Ashazaar sin dudarlo.

El grupo se sumió en un ominoso silencio, mientras unos y otros se dedicaban miradas de confianza, de determinación. Cualquier cosa, se dijo Dart-Dos, que pudiese calmar el incipiente miedo que se iba extendiendo en cada uno de sus corazones.

Él lo conocía. Ya lo había visto y lo había sentido en innumerables ocasiones, siempre antes de una batalla, durante la Guerra de la Separación. Con la experiencia había llegado a la conclusión de que ese miedo era lo único que los  podía mantener vivos.

Solo los locos no tienen miedo.

El delicado silenció se rompió cuando Iridal comenzó a entonar su hechizo. Con una mano, fue tocando a cada uno de sus compañeros, que se apresuraron a agarrarse a ella y aferrarse entre ellos mismos. Y súbitamente, con un fuerte tirón, como si algo los estuviese arrancando de la tierra misma, desaparecieron.

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Maeron se quedó solo en el gran salón de recepciones, sentado en un pequeño trono de madera que todavía no había sido reparado del todo. Se mesaba una barba incipiente, negra como el carbón, mientras no dejaba de mirar el lugar exacto donde el grupo había estado hacía escasos segundos, antes de ser transportados por la magia.

-Odio que hagan eso -murmuró.

Un vez más, tocaba esperar.

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Castillo de Media Esuarth. 27 de Febrero del 1509 d.S.

Written by Erizo

17/02/2016 at 0:15