El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

Archive for noviembre 2018

Cruzadas

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El segundo día del curso no pude asistir. A través de correo electrónico recibí las instrucciones para el siguiente relato: debía elegir tres palabras y utilizarlas en la historia que escribiese. Pero había una particularidad: si elegía palabras positivas debía utilizarlas en un contexto completamente negativo, y si las palabras elegidas eran negativas debía utilizarlas en un contexto alegre o hermoso. Las tres primeras palabras que se me vinieron a la mente fueron: día, luz y gloria. Sabía que con ellas podría escribir un relato lúgubre y oscuro en los que metería alguna referencia religiosa, pero al principio no tenía muy claro si centrarme en la fantasía pura y dura o en algún momento histórico como el descubrimiento de américa o las batallas de la Armada Invencible. Fue a medida que iba dando forma al relato que me decidí por las cruzadas, convirtiendo al protagonista en el desafortunado Abdil.


Abdil despertó al chirrido de un chasquido de un látigo. Comenzó a alzar la mirada, pero un dolor agudo en el cuello y los hombros le hizo soltar un gemido. Un pitido agudo llenó su cabeza, martilleando sus sienes con fuerza.

Al mover las manos para masajearse la frente apenas logró levantarlas hasta su pecho. Unas pesadas argollas mantenían sus muñecas aprisionadas y, tan solo con su peso, le impedían moverlas con facilidad. Volvió a colocarlas con dificultad sobre la larga asta de madera que tenía ante sí y sobre la que había estado durmiendo.

Un nuevo chasquido. Un grito de dolor rasgando el aire salado.

Algunos gemidos se alzaron a su alrededor. Volaban preguntas en susurros, algunas en árabe y otras en cristiano. Cerca de Abdil un hombre sollozaba.

Entonces comenzó a amanecer un nuevo día. La luz del sol arrancó destellos de los escudos y las lanzas cristianas que se alzaban, amenazadoras, listas para la batalla. Un nuevo chasquido, un nuevo grito de dolor. Un remero caía al suelo, su sangre bañando las botas del caballero cristiano que traía en sus manos una promesa de gloria y rectitud. De tortura y muerte.

Abdil se inclinó, intentando ocultarse de su vista. Pecador a los ojos del conquistador, ya lo había perdido todo. Pero aún conservaba el deseo más primario de cualquier ser: el de sobrevivir un nuevo día.

Pero no sabía durante cuánto tiempo más podría hacerlo.

Written by Erizo

27/11/2018 at 23:47

Publicado en Relatos

Un nuevo comienzo

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En Octubre decidí apuntarme a un curso de relatos en Sevilla. Hacemos encuentros cada dos semanas y en cada uno de ellos se nos encarga hacer un relato para la siguiente sesión con algún tema o condición concretos. El primer día del curso nos pusimos por parejas y se nos animó a hacernos tres preguntas mutuamente. En base a las respuestas debíamos realizar un relato sobre la persona con la que estábamos hablando. Yo empecé a hablar con Alicia, una mujer que estudió Ingeniería Informática en la Universidad de Sevilla, igual que yo. La diferencia era que ella lo había hecho en 1989. Me imaginé cómo tenía que haber sido llegar a Sevilla en esa época para comenzar a estudiar una carrera desde Jaén, y de esa imagen nació este relato que, si se parece en algo a la realidad, apuesto a que es pura coincidencia. Gracias por la inspiración Alicia.

—-

Tras varias horas, el traqueteo del tren se había convertido tan solo en un murmullo y un rítmico balanceo. Ningún sonido del exterior lograba atravesar el espeso manto de cristal y conversaciones que aislaban a los pasajeros del resto del mundo, por lo demás brillante, que se extendía hasta el horizonte.

Los rayos de sol de un atardecer de finales de verano acunaban a Alicia, que se dejaba arrullar con la sien apoyada contra la ventana. Sus ojos parecían observar los campos amarillos de la ribera del Guadalquivir que pasaban con rapidez, pero su mirada estaba fija mucho más allá: entre frondosos y fragantes olivos. Junto a ellos todavía veía a sus padres como los había visto aquella mañana al amanecer: sonrisas preñadas de alegría y orgullo escondiendo el dolor por imaginar siquiera a su niña yéndose lejos. “¡Tan pequeña!”, parecían gritar sin palabras. “¡Pero tan lista!”.

Alicia suspiró, y su sonido se perdió entre el traqueteo del tren, las conversaciones y sus propios sentimientos, tan encontrados como los de sus padres. ¿Qué se le había pasado por la cabeza para decidir marcharse a Sevilla? Una ciudad tan lejana… Todo lo que encontraría allí eran desconocidos que la mirarían por hablar raro.

“Te van a decir que suenas como si fueras de pueblo”, le había advertido su madre. “Allí todos se creen que son señoritos”.

¿Se convertiría ella también en una señorita sevillana? ¿Tendría que cambiar su forma de hablar? Alicia se estremeció solo de pensarlo. Ni siquiera era consciente de cómo sonaba exactamente su voz, pero no le parecía ni más bonita ni más fea que la de los demás. Quizás un poco aguda, pero…

-Mi voz no es fea -dejó escapar en un susurro que se sobresaltó al escuchar.

-Puede ser, pero si no hablas más alto no te lo voy a saber decir.

Alicia se quedó completamente rígida, tanto que su asiento comenzó a parecerle incómodo. Conteniendo la respiración se volvió para ver como a su lado un joven la miraba con una amplia sonrisa.

-¿Disculpa? -fue todo lo que pudo decir. Un calor asfixiante comenzó a subirle por el cuello hasta las mejillas.

-Pues no -contestó el joven, su ancha sonrisa brillando a la par que sus ojos verdes-. Tu voz no es nada fea. Aún así, yo probaría otra vez.

-¿Te estás riendo de mí? -se atrevió a decir Alicia, convirtiendo su vergüenza en enfado.

-¡No, no! ¡Por la Virgen! No me estoy metiendo contigo. Es solo que el viaje se está haciendo ya muy largo y me apetecía charlar un rato con alguien. No tengo más ganas de leer.

Un viejo libro yacía sobre el regazo del muchacho, sus esquinas dobladas por el uso. Parecía pesado, casi tanto como su contenido, que venía titulado como: Aplicaciones del Cálculo Infinitesimal y Teorías de la Computación.

-¿Estudias informática? -preguntó entonces Alicia, sorprendida.

-Sí, éste es mi segundo año. Aunque todavía no he aprobado ninguna asignatura. Voy a presentarme a los exámenes de Septiembre.

-Me habían dicho que era una carrera muy difícil, pero no sabía que lo eran tanto como para no aprobar ninguna.

-Bueno -respondió el muchacho, su ancha sonrisa iluminando de nuevo su rostro-. En el campus de Reina Mercedes hay muchas distracciones. ¿Lo has visto alguna vez?

-No, pero espero hacerlo pronto. La semana que viene empiezo a estudiar allí.

-No me digas. ¿Informática, también?

Alicia asintió.

-¡Entonces vamos a ser compañeros! -concluyó su vecino de asiento, y frotándose la mano contra el pantalón se la tendió con alegría-. Me llamo Daniel.

-Yo soy Alicia -respondió apretando la mano de Daniel extrañada-. ¿En Sevilla saludáis siempre así a las mujeres? ¿Dándoos la mano?

La carcajada de Daniel inundó el vagón, en el que los pasajeros comenzaban a levantarse para buscar su equipaje.

-Lo siento, mi padre siempre me dice que soy demasiado formal. Dos besos.

Los dos muchachos volvieron a saludarse mientras el tren se detenía por fin. No tardaron mucho en encontrar su equipaje y bajar al andén de la estación, atestado de gente.

De repente Alicia se detuvo. La estación tenía el techo abovedado, construido en barras de metal que atravesaban la plataforma de los trenes de lado a lado. Decenas de arcos cubrían el piso superior a ambos lados de la bóveda, como si fueran ventanas abiertas al interior. Al fondo, una cristalera semicircular dejaba entrar los rayos del sol que parecían dar la bienvenida a los recién llegados.

-Oye Alicia, ¿es la primera vez que vienes a Sevilla? -preguntó Daniel, que seguía a su lado.

-Sí, es la primera vez. Me han dicho que tengo que coger un autobús desde aquí hasta Reina Mercedes. ¿Está muy lejos de aquí?

-No mucho. Si quieres te puedo acompañar a la parada. Y no te preocupes, seguro que te va a encantar esta ciudad.

Alicia asintió con una sonrisa. Estaba de acuerdo.

Written by Erizo

27/11/2018 at 14:13

Publicado en Relatos