El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

Cruzadas

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El segundo día del curso no pude asistir. A través de correo electrónico recibí las instrucciones para el siguiente relato: debía elegir tres palabras y utilizarlas en la historia que escribiese. Pero había una particularidad: si elegía palabras positivas debía utilizarlas en un contexto completamente negativo, y si las palabras elegidas eran negativas debía utilizarlas en un contexto alegre o hermoso. Las tres primeras palabras que se me vinieron a la mente fueron: día, luz y gloria. Sabía que con ellas podría escribir un relato lúgubre y oscuro en los que metería alguna referencia religiosa, pero al principio no tenía muy claro si centrarme en la fantasía pura y dura o en algún momento histórico como el descubrimiento de américa o las batallas de la Armada Invencible. Fue a medida que iba dando forma al relato que me decidí por las cruzadas, convirtiendo al protagonista en el desafortunado Abdil.


Abdil despertó al chirrido de un chasquido de un látigo. Comenzó a alzar la mirada, pero un dolor agudo en el cuello y los hombros le hizo soltar un gemido. Un pitido agudo llenó su cabeza, martilleando sus sienes con fuerza.

Al mover las manos para masajearse la frente apenas logró levantarlas hasta su pecho. Unas pesadas argollas mantenían sus muñecas aprisionadas y, tan solo con su peso, le impedían moverlas con facilidad. Volvió a colocarlas con dificultad sobre la larga asta de madera que tenía ante sí y sobre la que había estado durmiendo.

Un nuevo chasquido. Un grito de dolor rasgando el aire salado.

Algunos gemidos se alzaron a su alrededor. Volaban preguntas en susurros, algunas en árabe y otras en cristiano. Cerca de Abdil un hombre sollozaba.

Entonces comenzó a amanecer un nuevo día. La luz del sol arrancó destellos de los escudos y las lanzas cristianas que se alzaban, amenazadoras, listas para la batalla. Un nuevo chasquido, un nuevo grito de dolor. Un remero caía al suelo, su sangre bañando las botas del caballero cristiano que traía en sus manos una promesa de gloria y rectitud. De tortura y muerte.

Abdil se inclinó, intentando ocultarse de su vista. Pecador a los ojos del conquistador, ya lo había perdido todo. Pero aún conservaba el deseo más primario de cualquier ser: el de sobrevivir un nuevo día.

Pero no sabía durante cuánto tiempo más podría hacerlo.

Written by Erizo

27/11/2018 a 23:47

Publicado en Relatos

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