El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

Archive for the ‘Idan’ Category

Reencuentro – Parte I

leave a comment »

-Acercaos a mí -ordenó Iridal. Todos los presentes obedecieron con prontitud, y se congregaron alrededor de la hechicera en el salón de recepciones del Castillo de Media Esuarth-. Voy a volvernos invisibles, y luego lanzaré un conjuro que nos llevará a la entrada de Qumran.

>>Cuando lleguemos allí, procurad no soltaros. No podremos vernos los unos a los otros, estando invisibles. Y si alguno se pierde en la niebla…

Dejó la frase sin terminar, paseando sus profundos y acerados ojos pardos y deteniéndolos en cada uno de los allí presentes.

Dart-Dos sintió cómo los dedos de Kaith se aferraban con fuerza a su hombro. A excepción de ese pequeño detalle que tan solo pudo percibir el enano, la semi-atlante, todavía con cicatrices en el rostro, ofrecía un aspecto decidido e impasible.

-¿Qué haremos una vez estemos dentro? -preguntó Nessa, impaciente-. ¿Solo tenemos que buscar a esa enana y ya está? ¿Ella tiene las gemas de Taryc?

Taryc asintió a las palabras de la salvaje, pero no añadió nada más. Dart-Dos sabía que le estaba observando, y no pudo evitar un escalofrío. Frunció el ceño, molesto.

-Es posible que, si tal y como dice Taryc, esa enana se encuentra en una situación temporal extraña, se trate de la perturbación que siento en las Montañas Azules -añadió Kaith-. Si es así, quiero hablar con ella.

-Insisto en que me parece muy peligroso, Kaith. En estos momentos las Montañas Azules son el territorio de Levain. El riesgo es enorme -era Ashazaar quien, con gran educación, casi con cariño, increpó a Kaith en estos términos.

-Si esa enana está en la misma situación que yo, quizás sea la única persona que pueda decirme qué me está ocurriendo. No hay otra opción: debo ir -contestó Kaith, tajante.

-Y no irás sola -declaró Ashazaar sin dudarlo.

El grupo se sumió en un ominoso silencio, mientras unos y otros se dedicaban miradas de confianza, de determinación. Cualquier cosa, se dijo Dart-Dos, que pudiese calmar el incipiente miedo que se iba extendiendo en cada uno de sus corazones.

Él lo conocía. Ya lo había visto y lo había sentido en innumerables ocasiones, siempre antes de una batalla, durante la Guerra de la Separación. Con la experiencia había llegado a la conclusión de que ese miedo era lo único que los  podía mantener vivos.

Solo los locos no tienen miedo.

El delicado silenció se rompió cuando Iridal comenzó a entonar su hechizo. Con una mano, fue tocando a cada uno de sus compañeros, que se apresuraron a agarrarse a ella y aferrarse entre ellos mismos. Y súbitamente, con un fuerte tirón, como si algo los estuviese arrancando de la tierra misma, desaparecieron.

—–

Maeron se quedó solo en el gran salón de recepciones, sentado en un pequeño trono de madera que todavía no había sido reparado del todo. Se mesaba una barba incipiente, negra como el carbón, mientras no dejaba de mirar el lugar exacto donde el grupo había estado hacía escasos segundos, antes de ser transportados por la magia.

-Odio que hagan eso -murmuró.

Un vez más, tocaba esperar.

—————-

Castillo de Media Esuarth. 27 de Febrero del 1509 d.S.

Written by Erizo

17/02/2016 at 0:15

Abismos del alma

leave a comment »

Sigmund sentía el doloroso contacto del suelo desnudo sobre su espalda. Llevaba sintiéndolo ya bastante rato, pero algo en su subconsciente lo hacía resistirse a salir del sopor en el que se hallaba. Giró sobre sí mismo para intentar aliviar la molestia, y se dio cuenta de que estaba encogido y que apenas podía sentir las piernas ni los brazos. Estaba aterido de frío, y un viento helado azotaba su rostro.

Algo andaba mal.

El semiatlante se incorporó pesadamente, con esfuerzo, y comenzó a masajearse las piernas con los ojos entrecerrados. Durante un segundo echó de menos sus guantes, pero desechó rápidamente la idea con una sonrisa triste.

Se dio cuenta de que se encontraba a la intemperie, rodeado de cajas y de otras personas que también yacían encogidos. El sol comenzaba a alzarse sobre las Montañas Azules, y pudo ver que algunos de ellos temblaban. La mayoría, sin embargo, no se movían en absoluto. Trazos carmesí se mezclaban con el tono azulado de su piel.

¿Qué podía haber pasado? La noche anterior había sido tranquila. Sus compañeros y él habían encontrado indicios de que la Secta estaba preparando algún tipo de ritual. Parecía peligroso… muy peligroso. Pero no inminente. Recordaba haberse ido a dormir en las habitaciones del templo de Helm del Monasterio del Búho Rojo. Recordaba haber querido rezar, y haberse obligado a no hacerlo. Recordaba que había pedido a sus compañeros que mantuvieran los ojos abiertos.

Entonces, Sigmund se incorporó y miró a su alrededor. El Monasterio del Búho Rojo había desaparecido.

Sigmund no pudo hacer más que quedarse inmóvil. No se lo creía. No podía creérselo. ¿Qué había sucedido allí? ¿Qué había ocurrido en tan solo una noche?

-¡Sigmund! -el que fuera sacerdote escuchó que alguien lo llamaba, pero no fue sino hasta que notó que lo zarandeaban que no se dio cuenta de quién le estaba hablando. Coren lo miraba preocupado mientras intentaba conducirlo cerca de una inmensa carpa de tela que estaban alzando en aquél momento-. Sigmund, ¿estás bien? ¡Dioses, sigues vivo! Pensamos que te habíamos perdido.

Sigmund se apartó bruscamente del adivino y se detuvo.

-¿Qué ha pasado? -consiguió murmurar, con una voz tan ronca que lo sorprendió a él mismo. Tosió, notando por primera vez desde que había despertado que tenía la garganta seca y dolorida.

Coren lo miró fijamente, atónito.

-¿No lo has visto? ¿No te has enterado?

Sigmund negó con la cabeza, incapaz de hablar.

Con un suspiro, Coren respondió:

-Entonces será mejor que te sientes…

Sigmund observó a Coren atentamente, casi sin pestañear, mientras éste contaba su relato. Cuando terminó, el semiatlante continuó observándolo, inmóvil. O casi. Sigmund no podía evitar el temblor que en ese momento dominaba sus manos. Sabía que pronto se extendería al resto de su cuerpo. Y que llegaría a su alma…

Tenía que hacer algo antes de eso.

-Voy a avisar a Taryc -anunció con un murmullo apagado, que a Coren le costó escuchar. Sigmund comenzó a concentrarse, a abrir y expandir su mente.

-Espera -lo detuvo el adivino-. Si vas a hacer tu… lo que sea que hagas… Si vas a hablar con Taryc, pregúntale por su paradero y por lo que saben ellos. Pregúntales por Kaith y por Sun. Quizás estén con ellos.

Sigmund lo miró sin dar señales de comprensión, y acto seguido cerró los ojos. Coren suspiró, irritado.

-No sé para qué me preocupo… -dijo sin dirigirse a nadie en particular.

Nightmare, by kalessaradan

Nightmare, by kalessaradan

Taryc dormía. Al menos, su cuerpo lo hacía. Su mente no hacía más que seguir trabajando sin cesar, dando vueltas una y otra vez a lo mismo: la secta, el dragón, Luanor, los drow, Lescrom, los atlantes, Thurvack… su hermano…

Sentía que se acercaba la mañana. No sabía cómo, pero sabía que pronto llegaría el momento de levantarse y encarar un nuevo día. De nuevo el horror, la desesperación. Un mundo que se llenaba de tinieblas por momentos. Y en el que parecía que solo ella podía ofrecer un pequeño atisbo de luz. De esperanza.

Y sin embargo, lo único que podía sentir era fatiga… Sabía que despertaría, y seguiría fatigada. ¿Dónde estaba su luz? Solo podía ver tinieblas. Y tras ellas…

-¡Sigmund! -dijo en voz alta, y se incorporó en el lecho. Su mano ya se había cerrado alrededor de la daga que guardaba bajo la almohada. Miró a su alrededor, pero no vió nada. ¿Había escuchado realmente la voz de su amigo?

“Hola Taryc. -sintió, más que oír, una voz en su cabeza-. Hacía mucho tiempo que no hablábamos. Espero que aun recuerdes mi voz.”

-¿Sigmund? -preguntó la muchacha al aire, aún confusa.

“Veo que aun la recuerdas, me alegra oírlo. -las palabras de Sigmund parecían neutras, casuales. Pero Taryc pudo percibir que, en el fondo, estaban huecas-. ¿Qué tal os encontráis todos? ¿Por dónde andáis? ¿Estáis todos sanos y a salvo? ¿Sabéis algo del enano, o de Kaith y Sun?”

Eran muchas preguntas, y muy de repente. Aún así, Taryc intentó acometerlas tan bien como los vestigios de su sueño le permitían.

-Bueno… Estamos todos bien por ahora.. Nos encontramos ahora mismo en Media Esuarth, una ciudad entánica.. Han ocurrido tantas cosas… Por ahora hemos conseguido que esta ciudad sea nuestra aliada…

Y entonces se detuvo, dándose cuenta de sus palabras. Dándose cuenta de que aún no se creía lo que había sucedido en los días anteriores. Sonrió levemente y continuó:

-Sí, Sigmund. ¡Alguien nos cree!

>>Y sí, Kaith y Sun están aquí con nosotros… Pero el enano no… ¿No estaba con vosotros? -preguntó, extrañada.

“Sí, el enano estaba con nosotros -contestó Sigmund por su parte. No parecía que las palabras de Taryc lo hubiesen alegrado lo más mínimo-. Pero tuvo que separarse de nuestro grupo. Al parecer tenía cosas pendientes que arreglar por su cuenta. Pero, la verdad, no nos dijo el qué.”

A Taryc no le gustó aquello. Dart-Dos era un cabezota, pero era leal. La mayor parte del tiempo, al menos… ¿Qué había sido tan importante como para que abandonase a Sigmund en mitad del viaje? Esperaba que no fuese nada grave, ni nada personal entre él y el sacerdote de Crues.

-Bueno, pues cuéntame. -continuó Taryc ante el pesado silencio de su amigo-. ¿Cómo estáis vosotros? ¿Qué estáis haciendo?

“¿Nosotros? Bueno… -la voz de Sigmund tembló. La preocupación de Taryc aumentaba por momentos-. Nosotros nos encontramos todo lo bien que nos podemos encontrar después de alguna que otra rencilla, ya sabes… cosas que pasan…

“Durante mi camino nos tuvimos también que despedirnos de Azareus -continuó, cambiando bruscamente de tema-. Al parecer decidió dejar todo esto, y lo último que sé es que ahora mismo está en un monasterio Taoísta, en Wingstar. 
“También me encontré con Coren, espero que lo recuerdes: Sigue tan “gracioso” como siempre. Sigue siendo un buen compañero a pesar de eso.”

Eso podría explicar la marcha de Dart-Dos, pensó Taryc. Sin embargo, se abstuvo de interrumpir a su amigo.

“Me alegra saber que Kaith y Sun están bien. Dales recuerdos de mi parte…”

Sigmund volvió a detenerse. Taryc estaba a punto de gritarle a su amigo para que dejase la charla casual. Sus palabras eran tan vacías… La muchacha estaba segura de que ocultaba algo, pero que no se atrevía a decirlo. Le hubiese gustado tenerlo delante para darle un buen bofetón y que se centrase.

“Bueno ahora que sabemos dónde estás… -continuó el semiatlante-. Deberán ir a buscarte… Sí, deben encontrarte…

“Antes de que cierre, ¿quieres saber algo más?”

¿Cómo? ¿Ya? ¿No tenía nada más que decirle? Decididamente algo andaba muy mal. Taryc dudó tan solo un segundo. No permitiría que la comunicación se cortase.

-Nosotros también hemos encontrado compañeros nuevos. -comenzó a trompicones-. Por ejemplo, a Hansi y a su amiga Tarja. Ayudamos a salvar a la madre d Hansi, que había sido secuestrada por José Luanor… Recuerdas a Luanor, ¿verdad? Y además, hace unos días, conocimos a Raaven pero… -aquí se detuvo, pesarosa, y con un murmulló concluyó- Murió…

La tristeza la inundó, y por un instante esperó escuchar la voz de Sigmund, bondadosa, consolándola, guiándola. Pero el semiatlante no dijo nada. Taryc continuó con pesar, sintiendo como si un puño estuviese oprimiendo su corazón.

-Y concretamente ayer nos encontramos también a un grupo de caza recompensas. Venían buscándonos, ¿sabes? Por lo que pasó en Escisión, y el cartel de “Se busca”… Pero bueno, al final parece que nos van a ayudar.

>>La marcha de Daga, Hansi y Tarja ha sido inminente. Nuestros caminos se han separado. Por ahora, Ashazaar, algunos miembros del grupo de caza recompensas, Rielek, dos amigos más, un explorador y yo vamos a ir en busca d una nueva piedra del Dragoon que se encuentra, al parecer, en el desierto de Krilie. Que, bueno, no te lo he dicho, pero ahora somos cuatro Dragoons en total. Se nos han unido Idan y su mujer Iridal. Dragoon del fuego y de la luz, respectivamente.

>>Por supuesto, pasaremos por las Montañas Azules antes para buscar a la mujer de Ashazaar.
Daga, junto con otra de las personas que nos estaba dando caza, va a ir al bosque de Warath. Cosas extrañas están allí ocurriendo…

Taryc se quedaba sin nada más que contar, y Sigmund parecía seguir inmutable.

-Y bueno -continuó a la desesperada-, te vuelvo a decir que tenemos a un archiduque a nuestra disposición, junto con unos cuatrocientos soldados… Son muy pocos, pero la verdad es que es una alegría tener a gente que por fin cree en nosotros. Nos han ayudado todo lo que han podido. Les estoy eternamente agradecidos…

>>¿Y vosotros qué habéis averiguado? Cuéntame, porque quizás pueda ser crucial para nuestros próximos pasos.

El enlace mental quedó en silencio. Taryc llegó a preguntarse si los últimos minutos los había pasado hablando sola, en su cuarto. Pero entonces, las lejanas palabras de Sigmund llegaron hasta su mente de nuevo. Lentas, cautelosas. Amargas.

“Tal vez. Nosotros no hemos hecho cosas tan sumamente importantes como vosotros, siento decirlo. Nos hemos unido también a algunos nuevos compañeros, pero no hemos hecho demasiado.

“Encontramos unas excavaciones lideradas por un grupo de arqueólogos. Exploraban una tumba cerca de Wingstar, en mitad de las Montañas Azules. Descubrimos y conseguimos derrotar a una criatura que aterrorizaba al campamento, aunque con patético resultado, lamentablemente. Tuvimos que huir de allí debido a que el kender tuvo algunos pequeños problemas con un par de dagas… y un par de muertos…

“Poco después seguimos nuestro camino, hasta que éste desapareció a los pies de una pequeña villa que estaba gobernada por una abadía… se llama… llamaba… el Monasterio del Búho Rojo. Este monasterio, dedicado a Helm, guardaba una Muralla que separa la torre de Crues del resto del mundo. Aquí nos separamos de Kaith y de Sun.

“Estuvimos intentando ayudar a los sacerdotes que guardaban la muralla con un pequeño problema que tenian, pero…”

Entonces la voz de Sigmund se quiebra por fin, rompiendo su soniquete monótono, distante y vacío. Los instantes de silencio que lo sucedieron parecieron alargarse horas.

“Taryk… -la voz de Sigmund sonaba ronca, débil… destrozada. La muchacha no podía verlo, pero sabía que en aquél momento, en las mejillas del que fuera sacerdote de los muertos, relucían las lágrimas-. ¿Que he hecho? ¿Cómo he podido hacer lo que he hecho? ¿Por qué he sido tan sumamente egoísta?”

-Sigmund… -empezó Taryc débilmente, pero no tuvo tiempo de continuar.

“Taryc, escúchame… He dejado que una gran sierpe alada azul destruya toda la villa que yo estaba protegiendo… Y lo peor es que no pude hacer nada, quedé inconsciente… ¡Me dormí! Debí de haber muerto… O debí de haberme enfrentado con ese ser y haberlo destruido… pero sin embargo… no hice nada… por mi completa estupidez…

“Debo… He de pedirte un último favor. Quiero que os encontréis con Coren y el resto de mi grupo. En el pueblo en que nos separamos. En Wingstar. Debes dejar que ellos se unan a vosotros. Al menos ellos podrán ayudar en la guerra. Prométeme que harás eso, por mí. Por favor…”

-Más dragones… -dijo Taryc, alarmada-. Nosotros ya nos hemos encontrado con dos, Sigmund. Parece que la Secta está consiguiendo lo que se propone. Tres dragones, y saben los Dioses cuantos más…

-Los Dioses no existen… -la interrumpió Sigmund, destrozado. La muchacha lamentó al momento sus palabras.

-Sigmund, tú no tienes la culpa de lo que ha ocurrido. Es imposible luchar con esos seres. Por ahora sólo te pido que no flaquees, no huyas… Sigue con tus compañeros. Estamos todos juntos en esto, ¿no es así? ¡Tú mismo lo dijiste!

>>Por favor, Sigmund. No caigas ahora… Hemos visto mucha muerte… Mucha destrucción… Mucho odio… Pero a pesar de ello seguimos juntos, por muy lejos que estemos… Míranos, estamos hablando ahora como si estuviésemos uno al lado del otro. ¡Tú nos has reunido!

>>No sé en qué estás pensando, pero por favor… sea lo que sea, no lo hagas solo… Recuerda que somos amigos. Somos un grupo…

>>En una semana habremos llegado a las Montañas Azules, y entonces podremos reunirnos en persona. Pero mientras, no te atormentes… Puedo sentir que vamos por buen camino, Sigmund…

“No Taryc, ya no puedo más -lo interrumpió el semiatlante, desesperado-. Aún oigo los lamentos de aquellos que quedaron encerrados en la abadía. Fueron destruidos por el mortífero ataque de la sierpe. Los relámpagos en la noche, los gritos, el olor a carne quemada…

“No. He decidido quedarme aquí. Ayudaré a los pocos supervivientes que han quedado. Voy a ayudarlos a reconstruir el lugar y a que vuelvan, como mínimo, a su estado anterior. Se lo debo.”

-Pero Sigmund, ¡puedes hacer mucho más que eso!

“Por favor, Taryc -la interrumpió Sigmund, y Taryc pudo sentir el restallido de cada palabra en su cabeza. Se llevó las manos a la frente mientras apretaba los dientes para mitigar el dolor-. Por favor… Espero que vayáis a encontraros con Coren y los demás. Tienen documentos de suma importancia. Y, además, ellos aun pueden ser útiles en este sin sentido.

“-Por favor, respetad mi decisión. Espero que nos volvamos a ver, cuando todo esto haya acabado. No vengáis a por mí, no quiero tener que enfrentarme a ninguno de vosotros…

“Adios Taryc. Por favor, vive, y no mueras… como yo he hecho.”

La joven pudo sentir como su mente se despejaba, y una profunda sensación de soledad la envolvía en su lugar. Se quedó allí, tiritando, con los brazos apretados contra su cuerpo, sin saber exactamente qué había pasado.

Así la encontró el amanecer, cuyos rayos de sol bañaron su habitación y trajeron luz hasta su rostro. Allí se reflejaron en lágrimas, que recorrían sus mejillas. Lagrimas por un amigo muerto en vida.

-Adios Sigmun… -susurró al aire-. Cuidate.

Lágrimas que nadie más vería.

Sigmund y Coren: Ruinas del Monasterio del Búho Rojo, Montañas Azules. Al norte de la Muralla de los Dioses.
Taryc: Ciudad de Media Esuarth, Entanas.
8 de Diciembre del 1508 d.S.

——————–

Song: “Devil came to me, and he said: You belong to me”.
– Devil Came to Me, Dover.
http://grooveshark.com/#!/s/Devil+Come+To+Me/4oB2I8?src=5

Original Threadhttp://vilia.mforos.com/982396/4515008-the-contact/

Book: “Do what you will, you cannot annihilate that eternal relic in the heart of man, love”.
– Les Misérables, Victor Hugo
https://www.goodreads.com/book/show/24280.Les_Mis_rables?from_search=true

Quote: “Acepta que no tienes control, que puede pasar cualqueir cosa, que puede salir mal, incluso… Y disfruta del viaje.” – Erizo.

Fighting in the Alleyways

leave a comment »

Snowing Alleyway

Snowing Alleyway

 

El cielo, cubierto de nubes, brillaba con una tonalidad anaranjada rojiza enfermiza y cargada de malos presagios. “Una noche perfecta para buscarse problemas”, se dijo Idan. Mientras continuaba avanzando en dirección a las letrinas, situadas en la parte trasera de la posada, sintió como algo frío se posaba en su rostro. Había comenzado a nevar.

El susurro de unos pasos a su espalda llamó su atención. No es que no los esperara. Más bien es que le pareció curioso que avanzasen con tan poco disimulo. Se detuvo y se apoyó contra el muro de la posada, como si estuviese mareado. Les daría tiempo para que lo alcanzaran, y la oportunidad de que pasaran de largo. Asintió levemente, satisfecho, cuando no la aprovecharon.

-¡Eh, tú! -lo llamó uno de sus perseguidores en entánico, en un alarde de inspiración creativa y en absoluto estereotipada.

Idan se volvió lentamente, todavía apoyándose en la pared, y tratando de resguardarse en la capa. Para asombro de sus perseguidores, sonreía levemente.

Ante él se hallaban dos hombres de unos treinta años, de tez morena y cabellos cortos, ralos y negros. Tenían pinta de personas curtidas, aunque se movían con un aire furtivo poco propio de los hombres de armas comunes. No eran soldados, de eso no había duda. Iban embozados con sendas capas negras, sencillas, que aún a pesar de estar algo raídas todavía conservaban cierto lustre y denotaban calidad.

-No sé quién eres -continuó el hombre que había hablado, de mandíbula robusta y barba incipiente, mientras hacía crujir sus nudillos-, pero haces muchas preguntas. Quizás sea hora de que empieces a dar respuestas.

La sonrisa de Idan se ensanchó, tomando un matiz sardónico. Sus ojos no se alzaban del suelo, ofreciendo todavía la imagen de la borrachera.

-Se está riendo de nosotros, James -dijo el segundo matón, de nariz bulbosa y ojos pequeños. Se echó hacia atrás la capa y mostró un cuchillo, que reflejó la luz titilante de una antorcha cercana.

-Está borracho -respondió el primero despectivamente-. Vamos, soldadito -continuó dirigiéndose a Idan-. Contesta. ¿Qué sabes de los inkaurianos que han venido a Nívola? ¿Quién te ha hablado de una princesa?

Los matones dieron un paso hacia él.

-Cometéis un error -los detuvo Idan, su tono de voz bajo e imperioso.

Estaba cansado, había viajado durante muchas horas, casi sin detenerse… y a pesar de todo, esperaba con anticipación el momento en que pondría a aquellos dos idiotas en su lugar. Sus músculos se tensaron y sintió el flujo de la adrenalina. Sus ojos se alzaron en busca de sus enemigos. Estos se miraron entre sí.

-James, creo que está loco -susurró el hombre del cuchillo a su compañero.

-Razón de más para quitarlo de su miseria -respondió el llamado James en un alarde de valor. Su voz se quebró al terminar la frase, sin embargo. Dudaba.

En este caso fue Idan quien se acercó un paso a sus interlocutores, que se alarmaron visiblemente y se pusieron en guardia.

-Voy a deciros lo que va a pasar -continuó diciendo el paladín-. Vais a decirme todo lo que sepáis sobre una princesa inkauriana. En especial si esa princesa está en la ciudad. O si ha pasado por aquí.

Un bufido que pretendía ser valiente lo interrumpió en su explicación. Sin embargo, quien lo emitiera no se atrevió a añadir nada más. El silencio cayó de nuevo entre los tres hombres, hasta que Idan lo rompió para continuar:

-Podéis intentar atacarme. Adelante. De hecho, por Thrain, espero que lo hagáis. Pero si tenéis ganas de acabar la noche en vuestra casa, en vuestro propio catre, y no sangrando en mitad de la calle o en un calabozo, os animo encarecidamente a que empecéis a hablar ahora. Porque hablaréis. Que no os quepa duda. De un modo u otro, hablaréis.

-Verdaderamente está loco -dijo James a su compañero, que miraba a su pretendida víctima con desconfianza-. Es solo un hombre, y está borracho. Ni siquiera va a tocarnos.

-No sé, James. Quizás deberíamos…

En ese momento James saltó. Idan, que lo estaba esperando, se apartó ágilmente y alzó su capa en mitad de la trayectoria de su asaltante. Éste no pudo evitar enredarse con ella al caer en el lugar donde un momento antes había estado su objetivo. De un fuerte tirón, Idan pudo sentir como los pies de su enemigo abandonaban el suelo y su cuerpo giraba en el aire, movido por su propio impulso. Pudo escuchar un satisfactorio gemido cuando el matón cayó de bruces.

Su segundo asaltante se lanzaba en ese momento hacia él, empuñando la daga. Idan esquivó dos puñaladas rápidas y consiguió desviar una tercera agarrándole la muñeca. Lanzó un puñetazo que fue a estrellarse en el rostro de su enemigo. Éste, con un grito, soltó la daga para llevarse las manos a la nariz. Estaba rota.

El llamado James se levantaba en aquél instante, barbotando insultos en su lengua, y se lanzó de nuevo contra el paladín. Intercambiaron puñetazos durante algunos segundos, pero mientras que los del matón se estrellaban contra los brazos o la capa del paladín, los de éste acertaban en el rostro, el cuello, el pecho y los costados de su enemigo. Por fin, Idan logró encajar un puñetazo en la mandíbula que dejó a su contrincante tembloroso y confuso.

-Y esto -dijo el paladín-, de parte de todos los inkaurianos.

Y giró rápidamente sobre sí mismo lanzando una patada que golpeó a James en el rostro, lanzándolo de espaldas al suelo. Una vez allí, no volvió a moverse.

Idan sonrió satisfecho. Respiraba con algo de pesadez, debido al cansancio acumulado, pero concluyó que el ejercicio le había sentado bien. Estiró un poco los brazos, y se dirigió con decisión hacia el hombre que lo había atacado con la daga, que seguía en el suelo palpándose la nariz.

-¡No, por favor, no me hagas daño! -dijo el asaltante, tembloroso.

Idan pudo confirmar que aquél hombre no era un guerrero ni un soldado. Se comportaba como un cobarde, y no era capaz de soportar una herida como aquella sin desmoronarse. O eso, pensó, o estaba fingiendo.

-¿Cómo te llamas, villano?

-Ronnald, mi señor. Por favor, me rindo. No deseo luchar. Tan solo dejad que me vaya.

-Me temo que es un poco tarde para esa opción, Ronnald. Será mejor que empieces a contarme…

En ese momento, un manto de oscuridad cubrió a ambos hombres, e hizo que se perdieran de vista el uno al otro. Idan no podía ver absolutamente nada, ni siquiera sus manos. Parecía como si se hubiese quedado ciego. Instintivamente se puso en guardia y se desplazó hacia atrás, intentando llegar hasta una pared donde poder montar una defensa, aunque fuera a ciegas. Podía escuchar los gritos asustados de Ronnald, aunque le parecieron amortiguados. Aquella oscuridad era densa y pegajosa.

Un horrible golpe lo sorprendió en el hombro izquierdo, y no pudo evitar un grito de dolor al sentirlo crujir. Notó como su cuerpo se estremeció como si una aguja helada lo atravesase y fuese consumiendo sus fuerzas. Se echó la mano derecha sobre el hombro herido y saltó a un lado pesadamente para ir a estrellarse contra la pared que inicialmente había estado buscando. Acto seguido echó a correr hacia delante. Sintió el viento provocado por algo pesado que rozó su cabello y estuvo a punto de estrellarse contra su sien. No se detuvo a preguntarse qué podía ser.

Se desplazó totalmente a ciegas en una carrera que se le hizo la más larga de toda su vida, aun a pesar de que recorriese quizás un total de treinta metros. Por fin su visión se aclaró, y pudo contemplar el callejón en el que se había internado hacía unos minutos. La luz se colaba a través de la rendija de la puerta principal de la posada, los copos de nieve caían suavemente sobre él. Idan respiró aliviado. Entonces se dio la vuelta, y pudo ver como un manto de completa negrura parecía haberse materializado en medio de la calle, absorbiendo un pedazo de la misma y haciéndola desaparecer. Era como si una cúpula de oscuridad hubiese engullido el suelo, las paredes, y el aire que formaban un trozo de aquél callejón. Los copos de nieve que tenían la desgracia de caer en aquella cúpula desaparecían entre las tinieblas. Los gritos de Ronnald todavía podían oírse como si llegasen desde más de un kilómetro de distancia.

Idan maldijo y se alejó un par de pasos más, dispuesto a echar a correr. Sea lo que fuese que hubiese convocado aquél manto de tinieblas, tenía poder. Y él estaba desarmado. Pero entonces se acordó de Rue. No podría dejarla allí sola. La encontrarían, y se la llevarían. No les resultaría difícil. Rue no era alguien que pudiese permanecer escondida mucha tiempo.

Entonces escuchó una carcajadas apagadas y crueles. De aquél pedazo de oscuridad infernal le pareció que un pedazo se desprendía con dificultad para recortarse poco a poco en una figura humana. Jirones de sombra se enredaron en brazos y piernas a medida que aquella criatura, que resultó ser un hombre, emergía lentamente. Una pesada maza de metal, que irradiaba un aura terrible e impía, pendía de uno de sus brazos, y bajo los rasgos retorcidos y los ojos brillantes y crueles de aquél rostro colgaba al cuello una cadena de hierro con un medallón negro como la sombra de la que parecía haberse creado. Dos serpientes casi se retorcían en la roca con una vida impura y malévola.

Idan retrocedió sin dejar de sostenerse el hombro, intentando sobreponerse al dolor y concentrarse. Aquél hombre despedía un aura maligna a su alrededor. Indudablemente se trataba de uno de los sacerdotes de la Secta. Acto seguido hizo un rápido repaso de sus opciones. Concluyó que no le quedaban muchas, desde luego.

-Tienes los ojos muy redondos para ser inkauriano, soldado -dijo aquél hombre con voz áspera y sibilina. Idan no pudo evitar estremecerse-. Sin embargo, eres claramente un aliado suyo. Incluso sabes de la existencia de la princesa cautiva. No sé si te das cuenta con quién estás tratando, infiel. Pero vas a tener la oportunidad de descubrir más de lo que te gustaría. Vamos a hablar, tú y yo.

¡Benditos fueran los Dioses! Aquél era una de esas personas que les gusta vanagloriarse en la victoria. Quizás, si tuviese suficiente tiempo…

-No sé de qué me hablas, monstruo -dijo Idan, fingiendo estar aterrado. Mientras, comenzó a murmurar unas palabras apresuradas. El dolor de su hombro izquierdo comenzó a remitir.

-¡Monstruo! ¿Me acusas de ser un monstruo, cuando eres tú quien te opones a los sagrados designios del Dios de los Dragones? Tu ignorancia es la que te hace un monstruo a mis ojos. ¿Qué eres? ¿Un peón de algún noble inkauriano? ¿Un mercenario a sueldo, un espía quizás? Veo el temor en tus ojos. Empiezas a comprender -dijo, acercándose a Idan-. Vamos, dime lo que quiero saber y tu muerte será… menos dolorosa.

-¡No, por favor! -exclamó Idan, que se echó de hinojos al suelo, implorando clemencia. Su mano derecha buscó la caña de la bota, donde solía guardar una daga. Reprimió un suspiro de alivio al rozar el mango con la punta de los dedos, y continuó-. Te diré lo que desees: el nombre de mi señor, sus planes… Pero por los Dioses, no me mates.

El sacerdote soltó una carcajada mientras continuaba acercándose a su presa, balanceando su maza a un costado. Un haz de luz negra seguía su movimiento en todo momento. Por fin, llegó al lado del paladín, que alzó la vista para observarlo con ojos asustados.

-Te diré un secreto, gusano -dijo el sacerdote, posando la mano sobre la frente del paladín. Estaba fría como el hielo-. Los Dioses no existen…

Aquél era el momento que esperaba.

-¡Por Thrain! -gritó Idan, y un fulgor azulado envolvió la hoja de su daga. En un movimiento fluido, el paladín se abalanzó cargando todo su peso en un único golpe. La fuerza que consiguió fue suficiente para penetrar las placas de cuero curtido de su enemigo y atravesar su pecho. Al mismo tiempo, la energía sagrada que contenía el golpe destrozó sus costillas y estuvo a punto de atravesar su espalda.

El sacerdote soltó la maza, que cayó al suelo perdiendo su brillo negro, y se aferró a los hombros de Idan con ambas manos. El dolor era evidente en sus ojos inyectados en sangre, pero aún así tuvo fuerzas suficientes para acercar las manos hasta su garganta.

-¡Un paladín! No puede ser… -susurró mientras hilos de sangre caían desde la comisura de sus labios. Sus manos heladas continuaron su camino hacia la garganta de Idan, y comenzaron a ejercer presión. Sus dedos parecían tiras de hierro helado, y sus uñas se clavaron en los músculos de su cuello, buscado las venas.

Idan apretó los dientes e intentó deshacerse del cuerpo del sacerdote, pero no logró romper su presa. Sus manos estaban guiadas en ese momento por una voluntad superior, un ente maléfico que había identificado a un enemigo peligroso, y que no dejaría que se le escapase. Idan se dio cuenta de esto, e hizo un nuevo intento por concentrarse. No sabía si era Thrain quien respondía a sus plegarias, pero fuera lo que fuese, esperaba que no le fallara en ese momento.

Asiendo el mango de su daga con ambas manos, el paladín volvió a sentir la calidez que lo había envuelto momentos antes, justo al lanzar su ataque. Supo que no estaba solo. Que no lo estaría nunca. Que algo o alguien lo cuidaba. Y que aquél no era su final. Con un nuevo impulso, la daga penetró más profundamente en el cuerpo del sacerdote, y una nueva descarga de fuerza sagrada hizo que éste soltara su presa y cayese un par de metros hacia atrás. En el mismo momento en que tocó el suelo, el campo de oscuridad se desvaneció.

El sacerdote había muerto.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos. 
Ciudad de Nívola, Entanas. 
22 de Enero del 1509 d.S.

—————————-

Song: “A warning to the people,
the good and the evil.
This is war…”
– This is War, 30 seconds to mars
http://grooveshark.com/#!/s/This+Is+War/4CPhmv?src=5

Written by Erizo

29/07/2013 at 1:53

Dreams between two worlds

with 2 comments

Let the Devil Sleep. By kelly1412

Let the Devil Sleep. By kelly1412

La hierba, fresca y húmeda de rocío, rozaba suavemente sus pies descalzos de la misma forma que  su voz, sus palabras, acariciaban su alma. Caían una a una, gota a gota, creando ondas que la conmovían y que consguían llegar a los rincones más recónditos de su ser. Como pequeños chaparrones de lluvia, parecían envolverla. La hacían estremecer. Y el aire que respiraba, como vaho, se escapaba entre sonrisas entre felices y tristes, entre alegres y melancólicas.

Por ser, quizás, las últimas.

-Y cuando llegue la noche, miraré aquellas estrellas -decía él señalando a un grupo de siete luceros que brillaba con fuerza. A Iridal le parecía que lo hacían para ellos-. Y en ellas veré tus ojos, y sabré que tú también las estás mirando. Y así no me sentiré nunca solo.

Ella dejó escapar una carcajada clara, cristalina.

-¡Qué romántico! -contestó-. ¿Eso se lo dices a todas las chicas, paladín?

-En absoluto -respondía Idan mientras la observaba entre sonrisas-. Solo a aquellas con las que me he criado desde pequeño.

-Bueno, bueno -Iridal se adelantó unos pasos y dio media vuelta para mirarlo, mientras seguía caminando hacia atrás con las manos unidas en la espalda-. Eso solo nos deja a Milly, a Sussanne, a Janine, a Danielle…

-¿A Danielle? Vamos, dudo mucho que le gustase yo o cualquier otro chico de la aldea. ¡Si tenía los brazos más anchos que los míos! De hecho,  yo creo que a ti te ponía ojitos.

-Pues no te voy a negar que tenía su aquél…

-Ya, y eso es lo que más me preocupa.

Ambos rieron dulcemente, atravesando la quietud y el silencio de la noche. Caminaron unos pasos más, entre pequeños saltos, bailes y chanzas; entre risas y tiernas caricias, tímidas y anhelantes al mismo tiempo.

El tiempo se perdió entre un mar de recuerdos, y el cielo comenzó a cambiar del negro de la noche al azul oscuro que augura un nuevo día. Los dos amigos se dieron cuenta, sabedores de su significado, y se detuvieron. La mano de él buscó la d Iridal, encontrándola. Se estremeció cuando sus dedos se entrelazaron, y devolvió el apretón con fuerza. El azul se tornaba más vivo por momentos.

-No quiero marcharme -dijo Idan, tristemente. Ella sonrió.

-Eso no es cierto. Lo estás deseando.

Idan se volvió hacia ella. Sonreía, si bien sus ojos, al encontrarse, rezumaban tristeza. Y ternura.

-Dame una sola razón para que me vaya -dijo.

-Bueno, es tu deber. Te llaman a filas. Tienes que proteger el Valle. ¿Quién va a hacerlo mejor que tú?

-Podrían defenderlo sin mí. Además, el enemigo no viene por el este, sino que está en el mismo corazón del Valle. Habría que asediar el Alcázar Zhent y destruirlo.

Iridal no pudo evitar estremecerse de nuevo, aunque en esta ocasión la causa fuese más oscura. Esperaba… no, deseaba que Idan fuese a cualquier lugar excepto a aquel Alcázar. Allí, su vida correría un peligro mucho mayor que el de enfrentarse a un ejército enemigo. Allí la encontraría a ella…

-Todo llegará… a su debido tiempo -dijo tristemente. Y, esperaba, con sinceridad.

-Lo que dije antes de las estrellas… era cierto -dijo Idan, y sus ojos volvieron a encontrarse. Su intensidad casi la quemaba. Sonrió.

-Dudo que puedas ver mis ojos en las estrellas, tonto.

-Es curioso… porque veo dos estrellas en tus ojos… que parecen haberse caido, perdidos en un mar de trigo…

Idan dio un paso adelante, lentamente, y la besó. La felicidad y el dolor se convulsionaron en su interior, sin control. Una lágrima se deslizó por su mejilla, llegó hasta sus labios, se perdió entre besos…

El sol comenzó a despuntar por el este. Ambos se abrazaron en silencio; buscando el calor del otro e intentando perderse entre sus brazos; creando recuerdos segundo a segundo; recuerdos que los acompañase el resto de sus vidas.

-Te voy a echar de menos -dijo Idan con voz ronca.

-Eso espero -contestó Iridal hundiendo el rostro en su pecho-. Pero por encima de todo, quiero que vuelvas.

-Volveré, no te preocupes.

-Promételo -dijo, y tomando súbitamente una decisión se alejó de él para taladrarlo con la mirada. Con voz firme, repitió-: Promételo. Porque yo te prometo que, si no vuelves, iré yo a buscarte. No me importa cuán lejos tenga que ir, cuán alto deba escalar, o cuán profundo cavar. Si debo navegar, navegaré. Si debo volar, volaré. Si debo buscarte, buscaré…

>>Porque si estás vivo, te encontraré. Mientras existas en el mundo, te hallaré. Y si es necesario, iré más allá…

Idan la miró sorprendido durante un momento. Luego sonrió, y asintió.

-Por mi honor -dijo-, te lo prometo.

Un nuevo beso selló aquél juramento.

———————————————–

Iridal despertó.

El suelo de roca estaba helado, y una niebla pegajosa lo envolvía todo a su alrededor. Buscando calor, se acurrucó y apretó a Rue contra su pecho. Sus dedos rozaron un mechón de cabello, y al recordar su sueño se estremeció.

Idan yacía más allá, cubierto por las gruesas mantas y profundamente dormido.

Iridal se incorporó lentamente mientras se envolvía en sus propias mantas. Temblaba. En silencio, se acercó al que fuera su marido.

Idan había cumplido su promesa. Había vuelto. Aquella, y otras muchas veces. Nunca había faltado a su palabra. Nada le había impedido volver a su lado. Nunca había dejado de amarla.

Y siempre que se marchaba, repetía su promesa. Así como su esperanza de encontrar sus ojos en el cielo.

Excepto aquella vez…

Iridal acarició suavemente la mejilla de aquél hombre a quien había conocido desde que era una niña, que había amado como nunca pensó que podría llegar a amar, que la había salvado de la condena de su alma, y por quien había condenado su alma para salvar.

-Te quiero… -susurró, estremecida.

Nunca olvidaría la felicidad que había conocido a su lado. Como nunca olvidaría su propia promesa. Ella también la había cumplido. Hasta sus últimas consecuencias. Y, se dijo, la volvería a cumplir si fuera necesario.

Su dolor era que todo aquello… él sí lo habiese olvidado…

Una lágrima recorrió su mejilla y llegó hasta sus labios. Pero esta vez, no hubo un dulce beso que la encontrara.

Le supo amarga.

——————————————

Montañas Azules, camino de Txultal-Chib, durante el viaje de Taryc y Ashazaar más allá de la Muralla de los Dioses.
Vilia, Lost Chapters.

Music:
“‘Cause of your advice I’m so strong,
I still believe in this
and all the best moments we had
are safe with me
so see you soon.”
– See you soon, Nothink
http://grooveshark.com/#!/s/See+You+Soon/3obc5f?src=5

Written by Erizo

17/05/2013 at 2:05

Publicado en Idan, Iridal, Rue, Vilia, Vilia - PJs

Rumores de Taberna

leave a comment »

Tavern, by Temarinde

Tavern, by Temarinde

El paladín se alejó del catre donde dejara a Rue descansando y comenzó a ordenar sus armas y su petate en uno de los rincones de la estancia. Tendría que limpiar la cota de mallas al día siguiente para evitar que se acabase oxidando, pero no demasiado, ya que la necesitaría con aquél aspecto descuidado y sucio durante varios días más. Meses atrás nunca habría dejado que su armadura acabase en semejante estado.

Ataviado con sus ropas de lino y la pesada capa, todavía sucias por el viaje, tomó la llave de la habitación que le dejara el posadero y salió de la estancia. Bajó las escaleras y con reticencia volvió a penetrar en la sala común. El ambiente no había decaído ni un ápice desde que llegase, y prueba de ello era el grupo de diez parroquianos que cantaba en aquellos momentos una marcha militar en una de las esquinas de la sala, entre pasos de baile exagerados y abrazos cargados de ebria amistad. De vez en cuando alguno de los cantantes alteraba ligeramente la letra de la canción con alguna nueva rima de su propia cosecha, provocando las carcajadas del resto de los presentes. Había que admitir que algunas eran realmente ingeniosas.

Con cuidado de evitar inmiscuirse en semejante espectáculo, el paladín atravesó el espacio que separaba varias mesas en su camino hacia la barra. El penetrante olor de la bebida, que podía encontrarse en mayor cantidad sobre las tablas de las mesas que dentro de las jarras, se le metió en la nariz, muy a su pesar. A Idan nunca le había entusiasmado la cerveza entánica.

Por fin logró esquivar a un par de soldados que se entretenían en coquetear con una de las camareras del local y llegó hasta su destino. El posadero, que lo había estado observando a hurtadillas con evidente nerviosismo mientras Idan hacía su travesía a través del salón atestado, se apresuró a atenderlo rápidamente.

-¿Qué tenéis de cenar? -preguntó el paladín, a lo que el posadero pasó a detallarle todo un sinfín de supuestas delicias asadas que, tan pronto como diera la orden, serían preparadas para él. Idan suspiró. Luego pidió un plato de estofado, algo de pan y un vaso de vino.

-¿Venís de muy lejos, mi lo… mi señor? -preguntó el posadero mientras servía el estofado, con la clara intención de dar algo de vana conversación. La iracunda mirada que obtuvo en respuesta lo hizo tragar saliva, y aunque Idan quería darle a entender que no requería su compañía, obtuvo el efecto opuesto-. Estoy seguro de que sí -continuó-. Tenéis aspecto cansado, desde luego. Podría aventurar que venís de Nitre, de hecho. Por vuestro acento, y por el aspecto de vuestras y el polvo de vuestras ropas. Parece que habéis estado viajando durante una semana sin deteneros…

El posadero aún continuó parloteando unos segundos, en los que Idan se esforzó en hacer oídos sordos y concentrarse en su comida. Tuvo buenos resultados, y hubieran sido mejores de no ser porque una de las preguntas, hasta el momento aparentemente retóricas, que le había formulado su solícito huésped llamó su atención:

-Y ya que venís de Nitre, dejadme que os pregunte si habéis visto barcos inkaurianos. Dicen que están atacando las costas del este, y que saquean puertos y aldeas. ¿Es cierto? Dicen que son enormes, de velas rojas y…

-Os equivocáis, amigo -lo interrumpió por fin Idan, muy a su pesar, y se lanzó a desempeñar el pale que había estado definiendo durante el viaje-. Como bien habéis observado, provengo de aquella región, ya que me vió nacer. Pero hace muchos años que mi hogar ha cambiado a la región norte de Escisión. No puedo daros ninguna información sobre esos barcos, si bien lo que decís me deja muy preocupado. ¿Son ciertos esos rumores?

El posadero estaba encantado al haber conseguido captar la atención de su interlocutor, y adornó su respuesta con la más sincera de las sonrisas:

-Tan ciertos como que sale el sol por las mañanas, y se pone por las noches. ¡Aunque sea rojo! He conocido a varios soldados que han llegado desde las mismas costas de Nitre. Los barcos que hasta hace poco traían mercancías inkaurianas para comerciar con nosotros han venido esta vez cagados de guerreros con armaduras de madera y armas extrañas. He oído que han arrasado varios pueblos pesqueros, y que apenas han encontrado resistencia.

-El ejército entánico actuará en consecuencia, supongo -aventuró Idan, fingiendo una profunda afectación.

-No lo han hecho hasta el momento -contestó su huésped, que se limpiaba la frente empapada de sudor con el mismo paño con el que había estado limpiando la barra-. La mayor parte del ejército está concentrado aquí en Nívola o ha partido hacia Media Esuarth hace más de una semana para entrar en batalla. El resto está concentrado en Escisión o viene hacia aquí.

Idan frunció el entrecejo. Si el ejército no actuaba para proteger sus tierras solo podía haber dos razones: o el control de sus enemigos, de los verdaderos enemigos, había conseguido extenderse tato como para convencer al rey y a su corte de que convenía perder tierra y vidas con tal de luchar contra Media Esuarth y los westfállicos, o la amenaza de la que hablaba aquél hombre no era tan importante como dejaba entrever. Ninguna de las dos opciones era óptima, si bien él preferiría inclinarse por la segunda. Una pena. Por un momento el paladín había pensado que Entanas tendría que dividir sus fuerzas para abrir un nuevo frente, lo que como mínimo le daría a Maeron y a sus amigos algo de tiempo.

-Pero no lo entiendo. ¿Por qué iba Inkairu a atacar Entanas? No les hemos hecho nada. -continuó indagando. Al fin y al cabo, todos los rumores solían tener algo de verdad.

-¡Que me aspen si lo sé! -contestó el posadero, encogiéndose de hombros.

-Está claro que saben que estamos en guerra con Westfallia, y quieren aprovecharse de la situación para conquistar territorios aquí. Al fin y al cabo, Inkairu está maldito.

A su izquierda, un soldado alto y con el pómulo roto por una enorme cicatriz de espada se había sumado a la conversación. Era joven, si bien su edad quedaba oculta por su rostro desfigurado. Entre frase y frase se detenía para tomar un trago de cerveza, olor que además lo acompañaba con intensidad.

-Puede ser. Pero no creo que Inkairu esté maldito -respondía el posadero a su vez-. He tenido a varios huéspedes que venían desde allí, y todos cuentan que es un lugar impresionante. Incluso dicen que es mucho más hermoso que nuestras tierras.

-¿Y qué van a decir ellos? -contestaba otro soldado, compañero del primero, más bajo y fornido-. Son como los westfállicos: una peste.

Idan suspiró. Había hecho amigos.

-Os lo digo en serio -continuó explicando el soldado alto tras un largo trago de licor-. Es una de las historias favoritas de mi sargento de escuadrón. Al parecer estuvo en Inkairu hace dos años, durante las revueltas que hubo tras la muerte de su antiguo rey, o como sea que lo llamen ellos. Dice que los hombres allí son como ganado. Ellos no habitan la tierra: la tierra los moldea y los hace secos, ásperos, incluso malvados. Los poseen los espíritus, ¡y ellos los adoran! Todos están malditos.

Idan sabía de lo que hablaba. Él también había estado en esas revueltas, casi dos años atrás. Sin embargo, los inkaurianos no tenían nada de malvados: solo cumplían las reglas, y seguían su tradición. Abas no eran, sin embargo, precisamente justas en muchos casos. Allí primaba un sistema de castas, en donde el señor de las tierras posee a las gentes que habitan en ellas. Literalmente.

Eso no impedía que hubiese almas buenas en los territorios más humildes, aunque solían ser desconfiados, secos y cabezotas. El paladín lo sabía muy bien. Había sido muy malherido tras una escaramuza con el ejército de un señor local, y un grupo de campesinos que lo encontraron lo llevaron hasta su hogar. Allí empezaron sus primeros recuerdos, ya que todo lo anterior había quedado inmerso en brumas. Cuando despertó en aquella cabaña inkauriana, pequeña y congestionada de vapores de hierbas en ebullición, solo recordaba su nombre y las pocas palabras de inkauriano que debía haber aprendido antes de ir allí.

-Lo más seguro es que algún señor inkauriano haya oído que estamos en guerra, y quiera aprovechar para llevar a su gente a los ricos territorios entánicos -continuaba explicando el soldado de la cicatriz.

-Está claro que tendremos que echarlos de allí una vez que acabemos con Westfallia -lo coreó su compañero. Idan albergaba serias dudas de que eso llegara a ocurrir.

-Yo he oido -volvió a la carga el posadero- que han venido aquí buscando algo que les hemos quitado. Quizás durante esa guerra que comentas.

-¿Dónde has oido esa tontería? -rieron los soldados sin dar crédito alguno a sus palabras.

-También hay inkaurianos que visitan mi posada -respondió el huésped, molesto porque se le pusieran en duda-. Algunos se emborrachan algo más de la cuenta, y hablan de un “Ouyu” y de un “sama” que les han robado, al parecer. No suelen decir mucho más, la mayoría no sabe hablar entánico.

Idan se puso tenso de repente. Conocía esas palabras, que significaban “princesa”, y que le hicieron recordar algo que había escuchado en Media Esuarth. Coren había descubierto que la secta había raptado a la hija d un noble inkauriano, y que al parecer estaba presa en Nívola. Aquello no podía ser una coincidencia.

-No sabía que también cobijabas aquí al enemigo -dijo con desagrado uno de los dos soldados, el más bajito-. ¿Dejas entrar también a westfállicos para que se coman nuestra comida?

-¡Eh, retira eso! Ni siquiera sabes si es cierto que nos estén atacando.

-Te lo digo yo -insitió el soldado, tozudo.

-Vamos, compañeros -intercerdió Idan con aire apaciguador-. Nuestro huésped solo está haciendo negocios. Nos viene bien, de hecho -continuaba, incluyéndose voluntariamente en el grupo de soldados entánicos en el que sus compañeros parecían haberle metido ya-. Ya que así nos llegan noticias desde inkairu y podemos enterarnos de información importante de primera mano. Suficiente vino hace que cualquier persona se sincere.

-Tiene razón -coincidió el primer soldado-. Los estaríamos espiando sin que lo supieran.

-¡Exacto! -asintió el posadero, alegre de ver alejarse la oscura nube de sospecha que lo había cubierto por un momento-. ¡Y cualquier cosa que yo averigüe, está al servicio de nuestro ejército!

-¿Suelen venir muy a menudo estos inkaurianos? -preguntó Idan, aprovechando el deseo ferviente de su interlocutor de ser leal; o al menos de parecerlo.

-A la mayoría solo los he visto una vez, pero hay dos o tres inkaurianos que se pasan por aquí más a menudo. Uno de ellos ha venido dos veces esta semana, aunque no decía nada. Otro tenía aire de guerrero, y de hecho solía llevar armas. Siempre le decía que estaba prohibido, pero nunca me hacía caso. Ése ha venido casi todos los días.

-¿Y alguno de ellos ha mencionado alguna vez a alguien importante? No sé, a algún noble o quizás un miembro de la realeza…

-Ahora que lo decís, así es -respondió el posadero, animado por la atención que estaba teniendo por parte de su cliente más importante-. Este extraño guerrero solía mencionar algo sobre una princesa, seguido de muchas palabras en su lengua. La verdad es que no se le da muy bien el común. Probablemente volverá mañana, mi señor, por si queréis verlo.

Idan negó con la cabeza:

-Probablemente no me quede tanto tiempo, aunque os lo agradezco.

Entonces se detuvo a medio gesto al percatarse de que tres pares de ojos lo observaban atentamente. Unas figuras que ocupaban una mesa cercana, bajo una ventana que tenía echados los postigos, no dejaban de lanzarle miradas aviesas mientras murmuraban entre sí. Los tres llevaban capas, que no habían dejado aún a pesar del calor que había en el local. Al paladín le pareció ver relucir un anillo de obsidiana en alguno de los dedos, pero no podría asegurarlo. En cualquier caso, decidió que no auguraban nada bueno.

La conversación había derivado hacia la familia real entánica, algo que a Idan le traía bastante sin cuidado. Decidió que era buen momento para despedirse y anunciar que se iba a descansar, tras lo que se alejó de la barra. Sus amigos lo despidieron con ebria cordialidad.

Por el rabillo del ojo, el paladín pudo ver que dos de los hombres que habían estado observándolo se levantaban y lo seguían. Lo último que quería era alarmar a su hija o montar un espectáculo en aquél lugar. Seguro de que podría enfrentarse a cualquier problema que pudiera surgir, y no viendo ningún arma en sus cintos, Idan giró a la izquierda en lugar de subir por las escaleras y salió de la posada. Sus perseguidores lo siguieron.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Nívola, Entanas.
22 de Enero del 1509 d.S.

——————

Movie: “Aw, poor guy. I understand. It’s not easy being banished. Take my buddy Bigfoot. When he was banished he fashioned an enormous diaper out of poison ivy. Wore it on his head like a tiara. Called himself ‘King Itchy’.”
Monsters Inc. (2001). Produced by Pixar and Disney.

Written by Erizo

19/02/2013 at 17:01

Identidad

leave a comment »

Tavern, by ~hunqwert

Tavern, by ~hunqwert

Los goznes volvieron a chirriar al abrirse la pesada puerta de madera, trayendo consigo una repentina ráfaga de viento helado que atravesó a los numerosos parroquianos de la posada “el Borracho Dormido”. Algunos interrumpieron bromas y canciones, alegres y ebrias por igual, para increpar al recién llegado a que cerrara la puerta. Pocos fueron, sin embargo, los que volvieron a mirarlo una segundo vez. Incluso los que lo hicieron, habiendo reparado en la hermosa niña de cabellos avellana y rostro pálido que reposaba en sus brazos, no tardaron en perder el interés. En aquel mes de Enero de 1509, gélido y lúgubre, no era raro ver soldados, guerreros y huérfanos en Nívola. La Guerra contra Westfallia había atraído a lo mejor y a lo peor del reino Entánico a la ciudad, todos dispuestos a formar parte de aquella gran aventura bélica que prometía gloria y riquezas. La parte más conflictiva era la que más se hacía notar, como de costumbre, aunque todos estaban de acuerdo en que lo peor aún no había llegado. En cualquier caso, como aquel recién llegado y su pequeña protegida, otros muchos habían irrumpido en aquella posada en otras noches gélidas y lúgubres. Todos se habían marchado al día siguiente. Ninguno había vuelto hasta ahora.

Así pues, el aspecto de Idan no pareció llamar la atención de nadie. El paladín agradeció en silencio a Thrain su misericordia. Lo último que necesitaba en aquél viaje eran más problemas de los que ya tenía, y mucho menos que lo reconocieran. De hecho, inicialmente no había contemplado la posibilidad de detenerse en Nívola; pero después de varios días de viaje a marchas forzadas, tanto él como la pequeña estaban exhaustos. A pesar de haber considerado montar un refugio y dormir al raso, tuvo que acabar desechando la idea. El aire helado y las nubes prometían lluvia y, posiblemente, el amanecer traería consigo un manto de nieve blanca.

Así pues, Idan resolvió quedarse a las afueras de la ciudad, en cualquier posada humilde que encontrase. Partiría al día siguiente, al amanecer, como tantos otros. Sin embargo, no había caído en que cientos de soldados estarían haciendo uso de posadas como aquella para sus placeres y entretenimientos personales, o simplemente para matar el tiempo. Aquella era, de hecho, la cuarta posada que visitaba. Se dijo que sería la última.

Con decisión, llegó hasta el mostrador y llamó al posadero. Éste le echó una mirada despectiva y rápida, pues la maltrecha cota de mallas y su aspecto sucio y cansado era suficiente. Bufó con desdén y negó con la cabeza.

-Está completo -gruñó con desprecio.

Ya se disponía a darse la vuelta cuando un par de monedas doradas tintinearon discretamente en el mostrador de madera. El posadero se detuvo y, sorprendido, dedicó a su interlocutor una nueva ojeada, en este caso más detenida. Idan sabía perfectamente el aspecto que ofrecía: sudoroso, con ropas sencillas y holgadas, una pesada capa cubriéndole los hombros y una cota de mallas mal engrasada y vieja que apenas relucía a la luz de las velas. No parecía más que un mercenario venido a menos. La mayoría de las personas con las que se cruzaba se quedaban tan solo con aquella imagen y, apoyada por su tendencia de desviar la vista y no llamar la atención, solían olvidarlo poco después de curzárselo. Sin embargo, en aquellos ojos azules también refulgía un brillo inspirado por la nobleza, por una dignidad que, debido a las circunstancias, se veía obligado a ocultar. Y ésta fue la que el posadero, ayudado por la visión del oro, reconoció en la penetrante mirada que lo atravesaba, enmarcada por un entrecejo que parecía acostumbrado a dar órdenes y que éstas se obedecieran con prontitud.

-Disculpadme, mi lord -dijo el posadero tragando saliva con esfuerzo-. Os proporcionaré una habitación inmediatamente. Si sois tan amable de esperar un minuto…

Y haciendo fé a sus palabras, aquel hombre pequeño y regordete desapareció con la agilidad de un gato. Idan pudo escuchar cómo subía las escaleras que conducían a la segunda planta del edificio de dos en dos. Se dijo que debería haber recurrido al oro antes, y se hubiese ahorrado el vagabundeo por las sucias calles de la ciudad. El posadero cumplió su promesa y no tardó ni un minuto en volver. Con palabras grandilocuentes y ademán respetuoso indicó a Idan que lo siguiera.

La habitación que le destinaron era pequeña y sencilla, y sin embargo no cabía duda de que era la mejor de aquella humilde posada. El ambiente estaba tibio gracias al hogar que ardía apaciblemente en un lateral. Sin duda alguien había estado allí alojado hasta escasos momentos antes, y había sido despedido con pocos miramientos.

-Por favor, hacedme saber si necesitáis cualquier cosa, mi lord -se ofreció el posadero con una torpe reverencia, obsequioso.

-No soy un lord -contestó Idan en un entánico cerrado, correcto y sencillo, que despejaría cualquier duda sobre su procedencia-. Tampoco soy un noble o un obispo al que debas hacer reverencia alguna. Solo soy un mercenario con algo de oro de más y la necesidad de una cama decente. Aquí tienes tus monedas. Ahora, por favor, déjanos.

-Por supuesto mi lo… señor. Buenas noches, señor.

El posadero se marchó rápidamente, acariciando su pequeño tesoro con celo, y cerró la puerta tras de sí. Idan suspiró y se permitió relajarse levemente.

-Dioses… Decididamente, viajar de incógnito no es lo mío.

Se dirigió a una de las dos camas que presidían la habitación y acostó a Rue delicadamente. Tras quitarle las botas y las pieles con la que se abrigaba, la cubrió con una manta. Se detuvo a observarla unos segundos. La niña se acurrucó, abrazando la almohada y recogiendo las piernas bajo la manta, enroscándose sobre sí misma. Estaba completamente dormida, y sus labios se curvaron levemente en una sonrisa. Mechones de largo cabello avellana acariciaban sus mejillas y jugueteaban, traviesos, enredándose a su espalda. Idan no dejaba de sorprenderse de cuánto se parecía a su madre, seguro de que ambas compartían la misma belleza casi sobrenatural… casi mágica. Se descubrió a sí mismo sonriendo, embelesado.

-Si tiene que haber una sola razón por la que elija la vida que se ha abierto ante mí, sin duda serías tú -susurró suavemente, y se inclinó para besar suavemente la frente de Rue. Su hija.

O eso continuaba escuchando incesantemente. A nadie le resulta sencillo aceptar que tiene una familia con hijos a la cual ni conocía. En estos casos, el padre solía ser un joven con más atractivo que seso, y con una pasión descontrolada por el sexo femenino. Su prolijidad solía volverse contra él, sobre todo si no había tomado las precauciones debidas en este tipo de aventuras: evitar el embarazo de la mujer, o ser muy rápido en desaparecer después del encuentro. Sin embargo, Idan, además de no haber sido nunca muy dado a los escarceos amorosos, se consideraba alguien íntegro y responsable. Si hubiese sido padre de alguna criatura se habría hecho cargo de ella y de su madre sin dudarlo directamente.

El pequeño detalle en aquel caso, sin embargo, era que él no había estado envuelto en nada que hubiese podido “causar” esa familia. Por todos los diablos, el día que conoció a Iridal ya traía a Rue consigo. ¡De eso no hacía más que unos meses! Y aún así, no había dudado de la palabra de la mujer ni de su responsabilidad por mucho que fuese impuesta, que no la comprendiese o incluso que la temiese. A ambas: la mujer y su palabra.

No solo Iridal parecía cargadas de convicción, aun a pesar de que se perdía en esas teorías de planos de existencia y seres infernales. Algo en sus ojos le decía que podía confiar en ella. Esperaba que se tratase de anhelo, de amor. Intentaba dejar a un lado la posibilidad de que se tratase de desesperación…

Pero había algo más. Algo aún más sutil, más delicado a lo que no lograba poner palabras. Dentro de sí mismo tenía la sensación de que estar donde estaba era lo correcto. Había ocasiones en que pensaba incluso que lo deseaba, y se dejaba llevar disfrutando de la que parecía que se había convertido en su vida. Como en aquél momento. Quizás se debía a que aún quedaban recuerdos enterrados en lo más profundo de su consciencia, debatiéndose débilmente para intentar llevarlo al buen camino. O quizás se trataba de egoísmo y conformidad, y todo lo que estaba haciendo era intentar engañarse a sí mismo. Y es que tras dejarse llevar, los momentos de gozo quedaban empañados por una dolorosa duda: ¿Quiénes eran realmente Rue e Iridal? Y en caso de que estuviesen en lo cierto, ¿quién era él mismo?

Idan sacudió la cabeza lentamente, con aire melancólico. Llevaba mucho tiempo dando vueltas a todo aquello, y siempre llegaba a ese mismo punto. Había decidido que por sí mismo no podría hallar la verdad por mucho que se esforzara, y que la opinión de Iridal siempre sería sesgada. Por eso había resuelto en viajar a Escisión en busca de la única persona que podría arrojar un nuevo punto de vista sobre aquella situación, la única persona en que podía confiar en aquél mundo: su padre.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Nívola, Entanas.
22 de Enero del 1509 d.S.

———————

Song: “Truth lies in loneliness
When hope is long gone by
I’ll wipe out the bliss of the new age
And welcome you precious night”
– The Soulforged, Blind Guardian.
http://grooveshark.com/#!/s/The+Soulforged/4k4BLK?src=5

Book: La Torre de Wayreth, por Margaret Weis y Tracy Hickman.
Tercer libro de la trilogía de las Crónicas Perdidas de la Dragonlance
http://www.goodreads.com/book/show/2029736.Dragons_of_the_Hourglass_Mage

Written by Erizo

12/02/2013 at 0:59

Alegría

leave a comment »

Escisión vivía a oscuras, aún a pesar de estar bañada en aquellos momentos por la rojiza luz del mediodía. La guerra se cernía como una guadaña invisible que amenazase todas las gargantas de sus habitantes. Las batallas se habían librado muy lejos de allí, y la sangre no bañaría nunca, con toda probabilidad, las calles adoquinadas de la ciudad. Sin embargo, todos conocían a algún amigo, algún primo, algún vecino que se había marchado varias semanas antes y que no había vuelto aún. Que probablemente no volvería.

El ánimo general se cerraba asfixiante sobre cada plaza, cada esquina, cada edificio. Las calles estaban muy poco transitadas, y el mercado vivía sus horas más bajas. Cuando algún vecino se aventuraba a salir de su vivienda lo hacía con prisas, furtivamente, esquivando los rayos del malsano sol rojizo que vertía dedos de cobre que apenas llegaban a calentar los huesos. Las conversaciones, cuando sucedían, estaban cargadas de susurros. La tristeza impregnaba la mayoría de las palabras, y el desasosiego culebreaba entre miradas llenas de ansia y desconfianza.

Y sin embargo, como dicen los sabios, hasta en la oscuridad más profunda puedes encontrar un atisbo de luz.

Una sonrisa cargada de estrellas alzándose inocentemente hacia el cielo, inundando sin darse cuenta a todos los que podían verla. Risas de marfil, frescas como el agua clara, salpicando sus alrededores sin cesar. Iluminando con un destello propio cada paraje sombrío, cada rincón de unas almas que el peso de los acontecimientos han dejado rotas y desesperanzadas.

A su paso, muchos hablarían de fantasía. Muchos hablarían de Magia. Y se equvocarían tan solo a medias. Rue era una niña especial en muchos sentidos, más de los que su padre o ella sabían (aunque Rue, a sus diez años, ya podía intuir algo a esas alturas). Sin embargo, lo que en esos momentos atravesaba Escisión en uno de sus días más negros no era un hada o una hechicera. Tan solo era una niña: inocente todavía, llena de sueños que no habían sido pisoteados por la condición humana; pues ella aún era pura y llena de vida. De posibilidades.

De esperanza.

A su alrededor, la luz fue llenando rostros en sonrisas. Otros niños la siguieron, y hablaron con ella. Durante un rato, en la plaza del mercado, incluso jugaron bajo la atenta mirada de los soldados entánicos, que aún a pesar de la situación de estado marcial que debían mantener en la ciudad no pudieron evitar observarlos con una sonrisa. Las madres los miraban inundadas de amor. Los ancianos lo hacían con entendida misericordia, mezcla de envidia y alivio. Los mercaderes detenían sus carretas y los increpaban, ociosos, para que se apartaran del camino.

Las risas rompieron por primera vez en meses el denso ambiente de Escisión. Y aunque solo fuese durante un rato, muchas fueron las personas que, de manos de una niña, recordaron lo que era la esperanza. Y que esa esperanza se encuentra, siempre, envuelta en un manto de Alegría.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Escisión, Entanas.
33 de Enero del 1509 d.S.

—————————–

Quote: “Alegría es el rostro de una niña brillante de sonrisas, sus ojos abiertos al mundo, un nexo entre fantasía y realidad”.

Mood: “Time goes by too fast!! >.<”

A game: Darksiders. Vigil Games, enero de 2010.

A song:
“I see a spark of life shining
Alegria
I hear a young minstrel sing
Alegria”
– Alegria. Cirque du Soleil, 1994.
http://grooveshark.com/#!/s/Alegria/2vwL7H?src=5

Written by Erizo

06/07/2012 at 0:32