El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

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Fighting in the Alleyways

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Snowing Alleyway

Snowing Alleyway

 

El cielo, cubierto de nubes, brillaba con una tonalidad anaranjada rojiza enfermiza y cargada de malos presagios. “Una noche perfecta para buscarse problemas”, se dijo Idan. Mientras continuaba avanzando en dirección a las letrinas, situadas en la parte trasera de la posada, sintió como algo frío se posaba en su rostro. Había comenzado a nevar.

El susurro de unos pasos a su espalda llamó su atención. No es que no los esperara. Más bien es que le pareció curioso que avanzasen con tan poco disimulo. Se detuvo y se apoyó contra el muro de la posada, como si estuviese mareado. Les daría tiempo para que lo alcanzaran, y la oportunidad de que pasaran de largo. Asintió levemente, satisfecho, cuando no la aprovecharon.

-¡Eh, tú! -lo llamó uno de sus perseguidores en entánico, en un alarde de inspiración creativa y en absoluto estereotipada.

Idan se volvió lentamente, todavía apoyándose en la pared, y tratando de resguardarse en la capa. Para asombro de sus perseguidores, sonreía levemente.

Ante él se hallaban dos hombres de unos treinta años, de tez morena y cabellos cortos, ralos y negros. Tenían pinta de personas curtidas, aunque se movían con un aire furtivo poco propio de los hombres de armas comunes. No eran soldados, de eso no había duda. Iban embozados con sendas capas negras, sencillas, que aún a pesar de estar algo raídas todavía conservaban cierto lustre y denotaban calidad.

-No sé quién eres -continuó el hombre que había hablado, de mandíbula robusta y barba incipiente, mientras hacía crujir sus nudillos-, pero haces muchas preguntas. Quizás sea hora de que empieces a dar respuestas.

La sonrisa de Idan se ensanchó, tomando un matiz sardónico. Sus ojos no se alzaban del suelo, ofreciendo todavía la imagen de la borrachera.

-Se está riendo de nosotros, James -dijo el segundo matón, de nariz bulbosa y ojos pequeños. Se echó hacia atrás la capa y mostró un cuchillo, que reflejó la luz titilante de una antorcha cercana.

-Está borracho -respondió el primero despectivamente-. Vamos, soldadito -continuó dirigiéndose a Idan-. Contesta. ¿Qué sabes de los inkaurianos que han venido a Nívola? ¿Quién te ha hablado de una princesa?

Los matones dieron un paso hacia él.

-Cometéis un error -los detuvo Idan, su tono de voz bajo e imperioso.

Estaba cansado, había viajado durante muchas horas, casi sin detenerse… y a pesar de todo, esperaba con anticipación el momento en que pondría a aquellos dos idiotas en su lugar. Sus músculos se tensaron y sintió el flujo de la adrenalina. Sus ojos se alzaron en busca de sus enemigos. Estos se miraron entre sí.

-James, creo que está loco -susurró el hombre del cuchillo a su compañero.

-Razón de más para quitarlo de su miseria -respondió el llamado James en un alarde de valor. Su voz se quebró al terminar la frase, sin embargo. Dudaba.

En este caso fue Idan quien se acercó un paso a sus interlocutores, que se alarmaron visiblemente y se pusieron en guardia.

-Voy a deciros lo que va a pasar -continuó diciendo el paladín-. Vais a decirme todo lo que sepáis sobre una princesa inkauriana. En especial si esa princesa está en la ciudad. O si ha pasado por aquí.

Un bufido que pretendía ser valiente lo interrumpió en su explicación. Sin embargo, quien lo emitiera no se atrevió a añadir nada más. El silencio cayó de nuevo entre los tres hombres, hasta que Idan lo rompió para continuar:

-Podéis intentar atacarme. Adelante. De hecho, por Thrain, espero que lo hagáis. Pero si tenéis ganas de acabar la noche en vuestra casa, en vuestro propio catre, y no sangrando en mitad de la calle o en un calabozo, os animo encarecidamente a que empecéis a hablar ahora. Porque hablaréis. Que no os quepa duda. De un modo u otro, hablaréis.

-Verdaderamente está loco -dijo James a su compañero, que miraba a su pretendida víctima con desconfianza-. Es solo un hombre, y está borracho. Ni siquiera va a tocarnos.

-No sé, James. Quizás deberíamos…

En ese momento James saltó. Idan, que lo estaba esperando, se apartó ágilmente y alzó su capa en mitad de la trayectoria de su asaltante. Éste no pudo evitar enredarse con ella al caer en el lugar donde un momento antes había estado su objetivo. De un fuerte tirón, Idan pudo sentir como los pies de su enemigo abandonaban el suelo y su cuerpo giraba en el aire, movido por su propio impulso. Pudo escuchar un satisfactorio gemido cuando el matón cayó de bruces.

Su segundo asaltante se lanzaba en ese momento hacia él, empuñando la daga. Idan esquivó dos puñaladas rápidas y consiguió desviar una tercera agarrándole la muñeca. Lanzó un puñetazo que fue a estrellarse en el rostro de su enemigo. Éste, con un grito, soltó la daga para llevarse las manos a la nariz. Estaba rota.

El llamado James se levantaba en aquél instante, barbotando insultos en su lengua, y se lanzó de nuevo contra el paladín. Intercambiaron puñetazos durante algunos segundos, pero mientras que los del matón se estrellaban contra los brazos o la capa del paladín, los de éste acertaban en el rostro, el cuello, el pecho y los costados de su enemigo. Por fin, Idan logró encajar un puñetazo en la mandíbula que dejó a su contrincante tembloroso y confuso.

-Y esto -dijo el paladín-, de parte de todos los inkaurianos.

Y giró rápidamente sobre sí mismo lanzando una patada que golpeó a James en el rostro, lanzándolo de espaldas al suelo. Una vez allí, no volvió a moverse.

Idan sonrió satisfecho. Respiraba con algo de pesadez, debido al cansancio acumulado, pero concluyó que el ejercicio le había sentado bien. Estiró un poco los brazos, y se dirigió con decisión hacia el hombre que lo había atacado con la daga, que seguía en el suelo palpándose la nariz.

-¡No, por favor, no me hagas daño! -dijo el asaltante, tembloroso.

Idan pudo confirmar que aquél hombre no era un guerrero ni un soldado. Se comportaba como un cobarde, y no era capaz de soportar una herida como aquella sin desmoronarse. O eso, pensó, o estaba fingiendo.

-¿Cómo te llamas, villano?

-Ronnald, mi señor. Por favor, me rindo. No deseo luchar. Tan solo dejad que me vaya.

-Me temo que es un poco tarde para esa opción, Ronnald. Será mejor que empieces a contarme…

En ese momento, un manto de oscuridad cubrió a ambos hombres, e hizo que se perdieran de vista el uno al otro. Idan no podía ver absolutamente nada, ni siquiera sus manos. Parecía como si se hubiese quedado ciego. Instintivamente se puso en guardia y se desplazó hacia atrás, intentando llegar hasta una pared donde poder montar una defensa, aunque fuera a ciegas. Podía escuchar los gritos asustados de Ronnald, aunque le parecieron amortiguados. Aquella oscuridad era densa y pegajosa.

Un horrible golpe lo sorprendió en el hombro izquierdo, y no pudo evitar un grito de dolor al sentirlo crujir. Notó como su cuerpo se estremeció como si una aguja helada lo atravesase y fuese consumiendo sus fuerzas. Se echó la mano derecha sobre el hombro herido y saltó a un lado pesadamente para ir a estrellarse contra la pared que inicialmente había estado buscando. Acto seguido echó a correr hacia delante. Sintió el viento provocado por algo pesado que rozó su cabello y estuvo a punto de estrellarse contra su sien. No se detuvo a preguntarse qué podía ser.

Se desplazó totalmente a ciegas en una carrera que se le hizo la más larga de toda su vida, aun a pesar de que recorriese quizás un total de treinta metros. Por fin su visión se aclaró, y pudo contemplar el callejón en el que se había internado hacía unos minutos. La luz se colaba a través de la rendija de la puerta principal de la posada, los copos de nieve caían suavemente sobre él. Idan respiró aliviado. Entonces se dio la vuelta, y pudo ver como un manto de completa negrura parecía haberse materializado en medio de la calle, absorbiendo un pedazo de la misma y haciéndola desaparecer. Era como si una cúpula de oscuridad hubiese engullido el suelo, las paredes, y el aire que formaban un trozo de aquél callejón. Los copos de nieve que tenían la desgracia de caer en aquella cúpula desaparecían entre las tinieblas. Los gritos de Ronnald todavía podían oírse como si llegasen desde más de un kilómetro de distancia.

Idan maldijo y se alejó un par de pasos más, dispuesto a echar a correr. Sea lo que fuese que hubiese convocado aquél manto de tinieblas, tenía poder. Y él estaba desarmado. Pero entonces se acordó de Rue. No podría dejarla allí sola. La encontrarían, y se la llevarían. No les resultaría difícil. Rue no era alguien que pudiese permanecer escondida mucha tiempo.

Entonces escuchó una carcajadas apagadas y crueles. De aquél pedazo de oscuridad infernal le pareció que un pedazo se desprendía con dificultad para recortarse poco a poco en una figura humana. Jirones de sombra se enredaron en brazos y piernas a medida que aquella criatura, que resultó ser un hombre, emergía lentamente. Una pesada maza de metal, que irradiaba un aura terrible e impía, pendía de uno de sus brazos, y bajo los rasgos retorcidos y los ojos brillantes y crueles de aquél rostro colgaba al cuello una cadena de hierro con un medallón negro como la sombra de la que parecía haberse creado. Dos serpientes casi se retorcían en la roca con una vida impura y malévola.

Idan retrocedió sin dejar de sostenerse el hombro, intentando sobreponerse al dolor y concentrarse. Aquél hombre despedía un aura maligna a su alrededor. Indudablemente se trataba de uno de los sacerdotes de la Secta. Acto seguido hizo un rápido repaso de sus opciones. Concluyó que no le quedaban muchas, desde luego.

-Tienes los ojos muy redondos para ser inkauriano, soldado -dijo aquél hombre con voz áspera y sibilina. Idan no pudo evitar estremecerse-. Sin embargo, eres claramente un aliado suyo. Incluso sabes de la existencia de la princesa cautiva. No sé si te das cuenta con quién estás tratando, infiel. Pero vas a tener la oportunidad de descubrir más de lo que te gustaría. Vamos a hablar, tú y yo.

¡Benditos fueran los Dioses! Aquél era una de esas personas que les gusta vanagloriarse en la victoria. Quizás, si tuviese suficiente tiempo…

-No sé de qué me hablas, monstruo -dijo Idan, fingiendo estar aterrado. Mientras, comenzó a murmurar unas palabras apresuradas. El dolor de su hombro izquierdo comenzó a remitir.

-¡Monstruo! ¿Me acusas de ser un monstruo, cuando eres tú quien te opones a los sagrados designios del Dios de los Dragones? Tu ignorancia es la que te hace un monstruo a mis ojos. ¿Qué eres? ¿Un peón de algún noble inkauriano? ¿Un mercenario a sueldo, un espía quizás? Veo el temor en tus ojos. Empiezas a comprender -dijo, acercándose a Idan-. Vamos, dime lo que quiero saber y tu muerte será… menos dolorosa.

-¡No, por favor! -exclamó Idan, que se echó de hinojos al suelo, implorando clemencia. Su mano derecha buscó la caña de la bota, donde solía guardar una daga. Reprimió un suspiro de alivio al rozar el mango con la punta de los dedos, y continuó-. Te diré lo que desees: el nombre de mi señor, sus planes… Pero por los Dioses, no me mates.

El sacerdote soltó una carcajada mientras continuaba acercándose a su presa, balanceando su maza a un costado. Un haz de luz negra seguía su movimiento en todo momento. Por fin, llegó al lado del paladín, que alzó la vista para observarlo con ojos asustados.

-Te diré un secreto, gusano -dijo el sacerdote, posando la mano sobre la frente del paladín. Estaba fría como el hielo-. Los Dioses no existen…

Aquél era el momento que esperaba.

-¡Por Thrain! -gritó Idan, y un fulgor azulado envolvió la hoja de su daga. En un movimiento fluido, el paladín se abalanzó cargando todo su peso en un único golpe. La fuerza que consiguió fue suficiente para penetrar las placas de cuero curtido de su enemigo y atravesar su pecho. Al mismo tiempo, la energía sagrada que contenía el golpe destrozó sus costillas y estuvo a punto de atravesar su espalda.

El sacerdote soltó la maza, que cayó al suelo perdiendo su brillo negro, y se aferró a los hombros de Idan con ambas manos. El dolor era evidente en sus ojos inyectados en sangre, pero aún así tuvo fuerzas suficientes para acercar las manos hasta su garganta.

-¡Un paladín! No puede ser… -susurró mientras hilos de sangre caían desde la comisura de sus labios. Sus manos heladas continuaron su camino hacia la garganta de Idan, y comenzaron a ejercer presión. Sus dedos parecían tiras de hierro helado, y sus uñas se clavaron en los músculos de su cuello, buscado las venas.

Idan apretó los dientes e intentó deshacerse del cuerpo del sacerdote, pero no logró romper su presa. Sus manos estaban guiadas en ese momento por una voluntad superior, un ente maléfico que había identificado a un enemigo peligroso, y que no dejaría que se le escapase. Idan se dio cuenta de esto, e hizo un nuevo intento por concentrarse. No sabía si era Thrain quien respondía a sus plegarias, pero fuera lo que fuese, esperaba que no le fallara en ese momento.

Asiendo el mango de su daga con ambas manos, el paladín volvió a sentir la calidez que lo había envuelto momentos antes, justo al lanzar su ataque. Supo que no estaba solo. Que no lo estaría nunca. Que algo o alguien lo cuidaba. Y que aquél no era su final. Con un nuevo impulso, la daga penetró más profundamente en el cuerpo del sacerdote, y una nueva descarga de fuerza sagrada hizo que éste soltara su presa y cayese un par de metros hacia atrás. En el mismo momento en que tocó el suelo, el campo de oscuridad se desvaneció.

El sacerdote había muerto.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos. 
Ciudad de Nívola, Entanas. 
22 de Enero del 1509 d.S.

—————————-

Song: “A warning to the people,
the good and the evil.
This is war…”
– This is War, 30 seconds to mars
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Written by Erizo

29/07/2013 at 1:53

Dreams between two worlds

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Let the Devil Sleep. By kelly1412

Let the Devil Sleep. By kelly1412

La hierba, fresca y húmeda de rocío, rozaba suavemente sus pies descalzos de la misma forma que  su voz, sus palabras, acariciaban su alma. Caían una a una, gota a gota, creando ondas que la conmovían y que consguían llegar a los rincones más recónditos de su ser. Como pequeños chaparrones de lluvia, parecían envolverla. La hacían estremecer. Y el aire que respiraba, como vaho, se escapaba entre sonrisas entre felices y tristes, entre alegres y melancólicas.

Por ser, quizás, las últimas.

-Y cuando llegue la noche, miraré aquellas estrellas -decía él señalando a un grupo de siete luceros que brillaba con fuerza. A Iridal le parecía que lo hacían para ellos-. Y en ellas veré tus ojos, y sabré que tú también las estás mirando. Y así no me sentiré nunca solo.

Ella dejó escapar una carcajada clara, cristalina.

-¡Qué romántico! -contestó-. ¿Eso se lo dices a todas las chicas, paladín?

-En absoluto -respondía Idan mientras la observaba entre sonrisas-. Solo a aquellas con las que me he criado desde pequeño.

-Bueno, bueno -Iridal se adelantó unos pasos y dio media vuelta para mirarlo, mientras seguía caminando hacia atrás con las manos unidas en la espalda-. Eso solo nos deja a Milly, a Sussanne, a Janine, a Danielle…

-¿A Danielle? Vamos, dudo mucho que le gustase yo o cualquier otro chico de la aldea. ¡Si tenía los brazos más anchos que los míos! De hecho,  yo creo que a ti te ponía ojitos.

-Pues no te voy a negar que tenía su aquél…

-Ya, y eso es lo que más me preocupa.

Ambos rieron dulcemente, atravesando la quietud y el silencio de la noche. Caminaron unos pasos más, entre pequeños saltos, bailes y chanzas; entre risas y tiernas caricias, tímidas y anhelantes al mismo tiempo.

El tiempo se perdió entre un mar de recuerdos, y el cielo comenzó a cambiar del negro de la noche al azul oscuro que augura un nuevo día. Los dos amigos se dieron cuenta, sabedores de su significado, y se detuvieron. La mano de él buscó la d Iridal, encontrándola. Se estremeció cuando sus dedos se entrelazaron, y devolvió el apretón con fuerza. El azul se tornaba más vivo por momentos.

-No quiero marcharme -dijo Idan, tristemente. Ella sonrió.

-Eso no es cierto. Lo estás deseando.

Idan se volvió hacia ella. Sonreía, si bien sus ojos, al encontrarse, rezumaban tristeza. Y ternura.

-Dame una sola razón para que me vaya -dijo.

-Bueno, es tu deber. Te llaman a filas. Tienes que proteger el Valle. ¿Quién va a hacerlo mejor que tú?

-Podrían defenderlo sin mí. Además, el enemigo no viene por el este, sino que está en el mismo corazón del Valle. Habría que asediar el Alcázar Zhent y destruirlo.

Iridal no pudo evitar estremecerse de nuevo, aunque en esta ocasión la causa fuese más oscura. Esperaba… no, deseaba que Idan fuese a cualquier lugar excepto a aquel Alcázar. Allí, su vida correría un peligro mucho mayor que el de enfrentarse a un ejército enemigo. Allí la encontraría a ella…

-Todo llegará… a su debido tiempo -dijo tristemente. Y, esperaba, con sinceridad.

-Lo que dije antes de las estrellas… era cierto -dijo Idan, y sus ojos volvieron a encontrarse. Su intensidad casi la quemaba. Sonrió.

-Dudo que puedas ver mis ojos en las estrellas, tonto.

-Es curioso… porque veo dos estrellas en tus ojos… que parecen haberse caido, perdidos en un mar de trigo…

Idan dio un paso adelante, lentamente, y la besó. La felicidad y el dolor se convulsionaron en su interior, sin control. Una lágrima se deslizó por su mejilla, llegó hasta sus labios, se perdió entre besos…

El sol comenzó a despuntar por el este. Ambos se abrazaron en silencio; buscando el calor del otro e intentando perderse entre sus brazos; creando recuerdos segundo a segundo; recuerdos que los acompañase el resto de sus vidas.

-Te voy a echar de menos -dijo Idan con voz ronca.

-Eso espero -contestó Iridal hundiendo el rostro en su pecho-. Pero por encima de todo, quiero que vuelvas.

-Volveré, no te preocupes.

-Promételo -dijo, y tomando súbitamente una decisión se alejó de él para taladrarlo con la mirada. Con voz firme, repitió-: Promételo. Porque yo te prometo que, si no vuelves, iré yo a buscarte. No me importa cuán lejos tenga que ir, cuán alto deba escalar, o cuán profundo cavar. Si debo navegar, navegaré. Si debo volar, volaré. Si debo buscarte, buscaré…

>>Porque si estás vivo, te encontraré. Mientras existas en el mundo, te hallaré. Y si es necesario, iré más allá…

Idan la miró sorprendido durante un momento. Luego sonrió, y asintió.

-Por mi honor -dijo-, te lo prometo.

Un nuevo beso selló aquél juramento.

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Iridal despertó.

El suelo de roca estaba helado, y una niebla pegajosa lo envolvía todo a su alrededor. Buscando calor, se acurrucó y apretó a Rue contra su pecho. Sus dedos rozaron un mechón de cabello, y al recordar su sueño se estremeció.

Idan yacía más allá, cubierto por las gruesas mantas y profundamente dormido.

Iridal se incorporó lentamente mientras se envolvía en sus propias mantas. Temblaba. En silencio, se acercó al que fuera su marido.

Idan había cumplido su promesa. Había vuelto. Aquella, y otras muchas veces. Nunca había faltado a su palabra. Nada le había impedido volver a su lado. Nunca había dejado de amarla.

Y siempre que se marchaba, repetía su promesa. Así como su esperanza de encontrar sus ojos en el cielo.

Excepto aquella vez…

Iridal acarició suavemente la mejilla de aquél hombre a quien había conocido desde que era una niña, que había amado como nunca pensó que podría llegar a amar, que la había salvado de la condena de su alma, y por quien había condenado su alma para salvar.

-Te quiero… -susurró, estremecida.

Nunca olvidaría la felicidad que había conocido a su lado. Como nunca olvidaría su propia promesa. Ella también la había cumplido. Hasta sus últimas consecuencias. Y, se dijo, la volvería a cumplir si fuera necesario.

Su dolor era que todo aquello… él sí lo habiese olvidado…

Una lágrima recorrió su mejilla y llegó hasta sus labios. Pero esta vez, no hubo un dulce beso que la encontrara.

Le supo amarga.

——————————————

Montañas Azules, camino de Txultal-Chib, durante el viaje de Taryc y Ashazaar más allá de la Muralla de los Dioses.
Vilia, Lost Chapters.

Music:
“‘Cause of your advice I’m so strong,
I still believe in this
and all the best moments we had
are safe with me
so see you soon.”
– See you soon, Nothink
http://grooveshark.com/#!/s/See+You+Soon/3obc5f?src=5

Written by Erizo

17/05/2013 at 2:05

Publicado en Idan, Iridal, Rue, Vilia, Vilia - PJs

Identidad

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Tavern, by ~hunqwert

Tavern, by ~hunqwert

Los goznes volvieron a chirriar al abrirse la pesada puerta de madera, trayendo consigo una repentina ráfaga de viento helado que atravesó a los numerosos parroquianos de la posada “el Borracho Dormido”. Algunos interrumpieron bromas y canciones, alegres y ebrias por igual, para increpar al recién llegado a que cerrara la puerta. Pocos fueron, sin embargo, los que volvieron a mirarlo una segundo vez. Incluso los que lo hicieron, habiendo reparado en la hermosa niña de cabellos avellana y rostro pálido que reposaba en sus brazos, no tardaron en perder el interés. En aquel mes de Enero de 1509, gélido y lúgubre, no era raro ver soldados, guerreros y huérfanos en Nívola. La Guerra contra Westfallia había atraído a lo mejor y a lo peor del reino Entánico a la ciudad, todos dispuestos a formar parte de aquella gran aventura bélica que prometía gloria y riquezas. La parte más conflictiva era la que más se hacía notar, como de costumbre, aunque todos estaban de acuerdo en que lo peor aún no había llegado. En cualquier caso, como aquel recién llegado y su pequeña protegida, otros muchos habían irrumpido en aquella posada en otras noches gélidas y lúgubres. Todos se habían marchado al día siguiente. Ninguno había vuelto hasta ahora.

Así pues, el aspecto de Idan no pareció llamar la atención de nadie. El paladín agradeció en silencio a Thrain su misericordia. Lo último que necesitaba en aquél viaje eran más problemas de los que ya tenía, y mucho menos que lo reconocieran. De hecho, inicialmente no había contemplado la posibilidad de detenerse en Nívola; pero después de varios días de viaje a marchas forzadas, tanto él como la pequeña estaban exhaustos. A pesar de haber considerado montar un refugio y dormir al raso, tuvo que acabar desechando la idea. El aire helado y las nubes prometían lluvia y, posiblemente, el amanecer traería consigo un manto de nieve blanca.

Así pues, Idan resolvió quedarse a las afueras de la ciudad, en cualquier posada humilde que encontrase. Partiría al día siguiente, al amanecer, como tantos otros. Sin embargo, no había caído en que cientos de soldados estarían haciendo uso de posadas como aquella para sus placeres y entretenimientos personales, o simplemente para matar el tiempo. Aquella era, de hecho, la cuarta posada que visitaba. Se dijo que sería la última.

Con decisión, llegó hasta el mostrador y llamó al posadero. Éste le echó una mirada despectiva y rápida, pues la maltrecha cota de mallas y su aspecto sucio y cansado era suficiente. Bufó con desdén y negó con la cabeza.

-Está completo -gruñó con desprecio.

Ya se disponía a darse la vuelta cuando un par de monedas doradas tintinearon discretamente en el mostrador de madera. El posadero se detuvo y, sorprendido, dedicó a su interlocutor una nueva ojeada, en este caso más detenida. Idan sabía perfectamente el aspecto que ofrecía: sudoroso, con ropas sencillas y holgadas, una pesada capa cubriéndole los hombros y una cota de mallas mal engrasada y vieja que apenas relucía a la luz de las velas. No parecía más que un mercenario venido a menos. La mayoría de las personas con las que se cruzaba se quedaban tan solo con aquella imagen y, apoyada por su tendencia de desviar la vista y no llamar la atención, solían olvidarlo poco después de curzárselo. Sin embargo, en aquellos ojos azules también refulgía un brillo inspirado por la nobleza, por una dignidad que, debido a las circunstancias, se veía obligado a ocultar. Y ésta fue la que el posadero, ayudado por la visión del oro, reconoció en la penetrante mirada que lo atravesaba, enmarcada por un entrecejo que parecía acostumbrado a dar órdenes y que éstas se obedecieran con prontitud.

-Disculpadme, mi lord -dijo el posadero tragando saliva con esfuerzo-. Os proporcionaré una habitación inmediatamente. Si sois tan amable de esperar un minuto…

Y haciendo fé a sus palabras, aquel hombre pequeño y regordete desapareció con la agilidad de un gato. Idan pudo escuchar cómo subía las escaleras que conducían a la segunda planta del edificio de dos en dos. Se dijo que debería haber recurrido al oro antes, y se hubiese ahorrado el vagabundeo por las sucias calles de la ciudad. El posadero cumplió su promesa y no tardó ni un minuto en volver. Con palabras grandilocuentes y ademán respetuoso indicó a Idan que lo siguiera.

La habitación que le destinaron era pequeña y sencilla, y sin embargo no cabía duda de que era la mejor de aquella humilde posada. El ambiente estaba tibio gracias al hogar que ardía apaciblemente en un lateral. Sin duda alguien había estado allí alojado hasta escasos momentos antes, y había sido despedido con pocos miramientos.

-Por favor, hacedme saber si necesitáis cualquier cosa, mi lord -se ofreció el posadero con una torpe reverencia, obsequioso.

-No soy un lord -contestó Idan en un entánico cerrado, correcto y sencillo, que despejaría cualquier duda sobre su procedencia-. Tampoco soy un noble o un obispo al que debas hacer reverencia alguna. Solo soy un mercenario con algo de oro de más y la necesidad de una cama decente. Aquí tienes tus monedas. Ahora, por favor, déjanos.

-Por supuesto mi lo… señor. Buenas noches, señor.

El posadero se marchó rápidamente, acariciando su pequeño tesoro con celo, y cerró la puerta tras de sí. Idan suspiró y se permitió relajarse levemente.

-Dioses… Decididamente, viajar de incógnito no es lo mío.

Se dirigió a una de las dos camas que presidían la habitación y acostó a Rue delicadamente. Tras quitarle las botas y las pieles con la que se abrigaba, la cubrió con una manta. Se detuvo a observarla unos segundos. La niña se acurrucó, abrazando la almohada y recogiendo las piernas bajo la manta, enroscándose sobre sí misma. Estaba completamente dormida, y sus labios se curvaron levemente en una sonrisa. Mechones de largo cabello avellana acariciaban sus mejillas y jugueteaban, traviesos, enredándose a su espalda. Idan no dejaba de sorprenderse de cuánto se parecía a su madre, seguro de que ambas compartían la misma belleza casi sobrenatural… casi mágica. Se descubrió a sí mismo sonriendo, embelesado.

-Si tiene que haber una sola razón por la que elija la vida que se ha abierto ante mí, sin duda serías tú -susurró suavemente, y se inclinó para besar suavemente la frente de Rue. Su hija.

O eso continuaba escuchando incesantemente. A nadie le resulta sencillo aceptar que tiene una familia con hijos a la cual ni conocía. En estos casos, el padre solía ser un joven con más atractivo que seso, y con una pasión descontrolada por el sexo femenino. Su prolijidad solía volverse contra él, sobre todo si no había tomado las precauciones debidas en este tipo de aventuras: evitar el embarazo de la mujer, o ser muy rápido en desaparecer después del encuentro. Sin embargo, Idan, además de no haber sido nunca muy dado a los escarceos amorosos, se consideraba alguien íntegro y responsable. Si hubiese sido padre de alguna criatura se habría hecho cargo de ella y de su madre sin dudarlo directamente.

El pequeño detalle en aquel caso, sin embargo, era que él no había estado envuelto en nada que hubiese podido “causar” esa familia. Por todos los diablos, el día que conoció a Iridal ya traía a Rue consigo. ¡De eso no hacía más que unos meses! Y aún así, no había dudado de la palabra de la mujer ni de su responsabilidad por mucho que fuese impuesta, que no la comprendiese o incluso que la temiese. A ambas: la mujer y su palabra.

No solo Iridal parecía cargadas de convicción, aun a pesar de que se perdía en esas teorías de planos de existencia y seres infernales. Algo en sus ojos le decía que podía confiar en ella. Esperaba que se tratase de anhelo, de amor. Intentaba dejar a un lado la posibilidad de que se tratase de desesperación…

Pero había algo más. Algo aún más sutil, más delicado a lo que no lograba poner palabras. Dentro de sí mismo tenía la sensación de que estar donde estaba era lo correcto. Había ocasiones en que pensaba incluso que lo deseaba, y se dejaba llevar disfrutando de la que parecía que se había convertido en su vida. Como en aquél momento. Quizás se debía a que aún quedaban recuerdos enterrados en lo más profundo de su consciencia, debatiéndose débilmente para intentar llevarlo al buen camino. O quizás se trataba de egoísmo y conformidad, y todo lo que estaba haciendo era intentar engañarse a sí mismo. Y es que tras dejarse llevar, los momentos de gozo quedaban empañados por una dolorosa duda: ¿Quiénes eran realmente Rue e Iridal? Y en caso de que estuviesen en lo cierto, ¿quién era él mismo?

Idan sacudió la cabeza lentamente, con aire melancólico. Llevaba mucho tiempo dando vueltas a todo aquello, y siempre llegaba a ese mismo punto. Había decidido que por sí mismo no podría hallar la verdad por mucho que se esforzara, y que la opinión de Iridal siempre sería sesgada. Por eso había resuelto en viajar a Escisión en busca de la única persona que podría arrojar un nuevo punto de vista sobre aquella situación, la única persona en que podía confiar en aquél mundo: su padre.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Nívola, Entanas.
22 de Enero del 1509 d.S.

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Song: “Truth lies in loneliness
When hope is long gone by
I’ll wipe out the bliss of the new age
And welcome you precious night”
– The Soulforged, Blind Guardian.
http://grooveshark.com/#!/s/The+Soulforged/4k4BLK?src=5

Book: La Torre de Wayreth, por Margaret Weis y Tracy Hickman.
Tercer libro de la trilogía de las Crónicas Perdidas de la Dragonlance
http://www.goodreads.com/book/show/2029736.Dragons_of_the_Hourglass_Mage

Written by Erizo

12/02/2013 at 0:59

Alegría

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Escisión vivía a oscuras, aún a pesar de estar bañada en aquellos momentos por la rojiza luz del mediodía. La guerra se cernía como una guadaña invisible que amenazase todas las gargantas de sus habitantes. Las batallas se habían librado muy lejos de allí, y la sangre no bañaría nunca, con toda probabilidad, las calles adoquinadas de la ciudad. Sin embargo, todos conocían a algún amigo, algún primo, algún vecino que se había marchado varias semanas antes y que no había vuelto aún. Que probablemente no volvería.

El ánimo general se cerraba asfixiante sobre cada plaza, cada esquina, cada edificio. Las calles estaban muy poco transitadas, y el mercado vivía sus horas más bajas. Cuando algún vecino se aventuraba a salir de su vivienda lo hacía con prisas, furtivamente, esquivando los rayos del malsano sol rojizo que vertía dedos de cobre que apenas llegaban a calentar los huesos. Las conversaciones, cuando sucedían, estaban cargadas de susurros. La tristeza impregnaba la mayoría de las palabras, y el desasosiego culebreaba entre miradas llenas de ansia y desconfianza.

Y sin embargo, como dicen los sabios, hasta en la oscuridad más profunda puedes encontrar un atisbo de luz.

Una sonrisa cargada de estrellas alzándose inocentemente hacia el cielo, inundando sin darse cuenta a todos los que podían verla. Risas de marfil, frescas como el agua clara, salpicando sus alrededores sin cesar. Iluminando con un destello propio cada paraje sombrío, cada rincón de unas almas que el peso de los acontecimientos han dejado rotas y desesperanzadas.

A su paso, muchos hablarían de fantasía. Muchos hablarían de Magia. Y se equvocarían tan solo a medias. Rue era una niña especial en muchos sentidos, más de los que su padre o ella sabían (aunque Rue, a sus diez años, ya podía intuir algo a esas alturas). Sin embargo, lo que en esos momentos atravesaba Escisión en uno de sus días más negros no era un hada o una hechicera. Tan solo era una niña: inocente todavía, llena de sueños que no habían sido pisoteados por la condición humana; pues ella aún era pura y llena de vida. De posibilidades.

De esperanza.

A su alrededor, la luz fue llenando rostros en sonrisas. Otros niños la siguieron, y hablaron con ella. Durante un rato, en la plaza del mercado, incluso jugaron bajo la atenta mirada de los soldados entánicos, que aún a pesar de la situación de estado marcial que debían mantener en la ciudad no pudieron evitar observarlos con una sonrisa. Las madres los miraban inundadas de amor. Los ancianos lo hacían con entendida misericordia, mezcla de envidia y alivio. Los mercaderes detenían sus carretas y los increpaban, ociosos, para que se apartaran del camino.

Las risas rompieron por primera vez en meses el denso ambiente de Escisión. Y aunque solo fuese durante un rato, muchas fueron las personas que, de manos de una niña, recordaron lo que era la esperanza. Y que esa esperanza se encuentra, siempre, envuelta en un manto de Alegría.

Vilia, capítulo 4: Caminantes de Planos.
Ciudad de Escisión, Entanas.
33 de Enero del 1509 d.S.

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Quote: “Alegría es el rostro de una niña brillante de sonrisas, sus ojos abiertos al mundo, un nexo entre fantasía y realidad”.

Mood: “Time goes by too fast!! >.<”

A game: Darksiders. Vigil Games, enero de 2010.

A song:
“I see a spark of life shining
Alegria
I hear a young minstrel sing
Alegria”
– Alegria. Cirque du Soleil, 1994.
http://grooveshark.com/#!/s/Alegria/2vwL7H?src=5

Written by Erizo

06/07/2012 at 0:32