El Camino del Erizo

Aventuras y desventuras de un Erizo dormilón… y friki!

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Abismos del alma

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Sigmund sentía el doloroso contacto del suelo desnudo sobre su espalda. Llevaba sintiéndolo ya bastante rato, pero algo en su subconsciente lo hacía resistirse a salir del sopor en el que se hallaba. Giró sobre sí mismo para intentar aliviar la molestia, y se dio cuenta de que estaba encogido y que apenas podía sentir las piernas ni los brazos. Estaba aterido de frío, y un viento helado azotaba su rostro.

Algo andaba mal.

El semiatlante se incorporó pesadamente, con esfuerzo, y comenzó a masajearse las piernas con los ojos entrecerrados. Durante un segundo echó de menos sus guantes, pero desechó rápidamente la idea con una sonrisa triste.

Se dio cuenta de que se encontraba a la intemperie, rodeado de cajas y de otras personas que también yacían encogidos. El sol comenzaba a alzarse sobre las Montañas Azules, y pudo ver que algunos de ellos temblaban. La mayoría, sin embargo, no se movían en absoluto. Trazos carmesí se mezclaban con el tono azulado de su piel.

¿Qué podía haber pasado? La noche anterior había sido tranquila. Sus compañeros y él habían encontrado indicios de que la Secta estaba preparando algún tipo de ritual. Parecía peligroso… muy peligroso. Pero no inminente. Recordaba haberse ido a dormir en las habitaciones del templo de Helm del Monasterio del Búho Rojo. Recordaba haber querido rezar, y haberse obligado a no hacerlo. Recordaba que había pedido a sus compañeros que mantuvieran los ojos abiertos.

Entonces, Sigmund se incorporó y miró a su alrededor. El Monasterio del Búho Rojo había desaparecido.

Sigmund no pudo hacer más que quedarse inmóvil. No se lo creía. No podía creérselo. ¿Qué había sucedido allí? ¿Qué había ocurrido en tan solo una noche?

-¡Sigmund! -el que fuera sacerdote escuchó que alguien lo llamaba, pero no fue sino hasta que notó que lo zarandeaban que no se dio cuenta de quién le estaba hablando. Coren lo miraba preocupado mientras intentaba conducirlo cerca de una inmensa carpa de tela que estaban alzando en aquél momento-. Sigmund, ¿estás bien? ¡Dioses, sigues vivo! Pensamos que te habíamos perdido.

Sigmund se apartó bruscamente del adivino y se detuvo.

-¿Qué ha pasado? -consiguió murmurar, con una voz tan ronca que lo sorprendió a él mismo. Tosió, notando por primera vez desde que había despertado que tenía la garganta seca y dolorida.

Coren lo miró fijamente, atónito.

-¿No lo has visto? ¿No te has enterado?

Sigmund negó con la cabeza, incapaz de hablar.

Con un suspiro, Coren respondió:

-Entonces será mejor que te sientes…

Sigmund observó a Coren atentamente, casi sin pestañear, mientras éste contaba su relato. Cuando terminó, el semiatlante continuó observándolo, inmóvil. O casi. Sigmund no podía evitar el temblor que en ese momento dominaba sus manos. Sabía que pronto se extendería al resto de su cuerpo. Y que llegaría a su alma…

Tenía que hacer algo antes de eso.

-Voy a avisar a Taryc -anunció con un murmullo apagado, que a Coren le costó escuchar. Sigmund comenzó a concentrarse, a abrir y expandir su mente.

-Espera -lo detuvo el adivino-. Si vas a hacer tu… lo que sea que hagas… Si vas a hablar con Taryc, pregúntale por su paradero y por lo que saben ellos. Pregúntales por Kaith y por Sun. Quizás estén con ellos.

Sigmund lo miró sin dar señales de comprensión, y acto seguido cerró los ojos. Coren suspiró, irritado.

-No sé para qué me preocupo… -dijo sin dirigirse a nadie en particular.

Nightmare, by kalessaradan

Nightmare, by kalessaradan

Taryc dormía. Al menos, su cuerpo lo hacía. Su mente no hacía más que seguir trabajando sin cesar, dando vueltas una y otra vez a lo mismo: la secta, el dragón, Luanor, los drow, Lescrom, los atlantes, Thurvack… su hermano…

Sentía que se acercaba la mañana. No sabía cómo, pero sabía que pronto llegaría el momento de levantarse y encarar un nuevo día. De nuevo el horror, la desesperación. Un mundo que se llenaba de tinieblas por momentos. Y en el que parecía que solo ella podía ofrecer un pequeño atisbo de luz. De esperanza.

Y sin embargo, lo único que podía sentir era fatiga… Sabía que despertaría, y seguiría fatigada. ¿Dónde estaba su luz? Solo podía ver tinieblas. Y tras ellas…

-¡Sigmund! -dijo en voz alta, y se incorporó en el lecho. Su mano ya se había cerrado alrededor de la daga que guardaba bajo la almohada. Miró a su alrededor, pero no vió nada. ¿Había escuchado realmente la voz de su amigo?

“Hola Taryc. -sintió, más que oír, una voz en su cabeza-. Hacía mucho tiempo que no hablábamos. Espero que aun recuerdes mi voz.”

-¿Sigmund? -preguntó la muchacha al aire, aún confusa.

“Veo que aun la recuerdas, me alegra oírlo. -las palabras de Sigmund parecían neutras, casuales. Pero Taryc pudo percibir que, en el fondo, estaban huecas-. ¿Qué tal os encontráis todos? ¿Por dónde andáis? ¿Estáis todos sanos y a salvo? ¿Sabéis algo del enano, o de Kaith y Sun?”

Eran muchas preguntas, y muy de repente. Aún así, Taryc intentó acometerlas tan bien como los vestigios de su sueño le permitían.

-Bueno… Estamos todos bien por ahora.. Nos encontramos ahora mismo en Media Esuarth, una ciudad entánica.. Han ocurrido tantas cosas… Por ahora hemos conseguido que esta ciudad sea nuestra aliada…

Y entonces se detuvo, dándose cuenta de sus palabras. Dándose cuenta de que aún no se creía lo que había sucedido en los días anteriores. Sonrió levemente y continuó:

-Sí, Sigmund. ¡Alguien nos cree!

>>Y sí, Kaith y Sun están aquí con nosotros… Pero el enano no… ¿No estaba con vosotros? -preguntó, extrañada.

“Sí, el enano estaba con nosotros -contestó Sigmund por su parte. No parecía que las palabras de Taryc lo hubiesen alegrado lo más mínimo-. Pero tuvo que separarse de nuestro grupo. Al parecer tenía cosas pendientes que arreglar por su cuenta. Pero, la verdad, no nos dijo el qué.”

A Taryc no le gustó aquello. Dart-Dos era un cabezota, pero era leal. La mayor parte del tiempo, al menos… ¿Qué había sido tan importante como para que abandonase a Sigmund en mitad del viaje? Esperaba que no fuese nada grave, ni nada personal entre él y el sacerdote de Crues.

-Bueno, pues cuéntame. -continuó Taryc ante el pesado silencio de su amigo-. ¿Cómo estáis vosotros? ¿Qué estáis haciendo?

“¿Nosotros? Bueno… -la voz de Sigmund tembló. La preocupación de Taryc aumentaba por momentos-. Nosotros nos encontramos todo lo bien que nos podemos encontrar después de alguna que otra rencilla, ya sabes… cosas que pasan…

“Durante mi camino nos tuvimos también que despedirnos de Azareus -continuó, cambiando bruscamente de tema-. Al parecer decidió dejar todo esto, y lo último que sé es que ahora mismo está en un monasterio Taoísta, en Wingstar. 
“También me encontré con Coren, espero que lo recuerdes: Sigue tan “gracioso” como siempre. Sigue siendo un buen compañero a pesar de eso.”

Eso podría explicar la marcha de Dart-Dos, pensó Taryc. Sin embargo, se abstuvo de interrumpir a su amigo.

“Me alegra saber que Kaith y Sun están bien. Dales recuerdos de mi parte…”

Sigmund volvió a detenerse. Taryc estaba a punto de gritarle a su amigo para que dejase la charla casual. Sus palabras eran tan vacías… La muchacha estaba segura de que ocultaba algo, pero que no se atrevía a decirlo. Le hubiese gustado tenerlo delante para darle un buen bofetón y que se centrase.

“Bueno ahora que sabemos dónde estás… -continuó el semiatlante-. Deberán ir a buscarte… Sí, deben encontrarte…

“Antes de que cierre, ¿quieres saber algo más?”

¿Cómo? ¿Ya? ¿No tenía nada más que decirle? Decididamente algo andaba muy mal. Taryc dudó tan solo un segundo. No permitiría que la comunicación se cortase.

-Nosotros también hemos encontrado compañeros nuevos. -comenzó a trompicones-. Por ejemplo, a Hansi y a su amiga Tarja. Ayudamos a salvar a la madre d Hansi, que había sido secuestrada por José Luanor… Recuerdas a Luanor, ¿verdad? Y además, hace unos días, conocimos a Raaven pero… -aquí se detuvo, pesarosa, y con un murmulló concluyó- Murió…

La tristeza la inundó, y por un instante esperó escuchar la voz de Sigmund, bondadosa, consolándola, guiándola. Pero el semiatlante no dijo nada. Taryc continuó con pesar, sintiendo como si un puño estuviese oprimiendo su corazón.

-Y concretamente ayer nos encontramos también a un grupo de caza recompensas. Venían buscándonos, ¿sabes? Por lo que pasó en Escisión, y el cartel de “Se busca”… Pero bueno, al final parece que nos van a ayudar.

>>La marcha de Daga, Hansi y Tarja ha sido inminente. Nuestros caminos se han separado. Por ahora, Ashazaar, algunos miembros del grupo de caza recompensas, Rielek, dos amigos más, un explorador y yo vamos a ir en busca d una nueva piedra del Dragoon que se encuentra, al parecer, en el desierto de Krilie. Que, bueno, no te lo he dicho, pero ahora somos cuatro Dragoons en total. Se nos han unido Idan y su mujer Iridal. Dragoon del fuego y de la luz, respectivamente.

>>Por supuesto, pasaremos por las Montañas Azules antes para buscar a la mujer de Ashazaar.
Daga, junto con otra de las personas que nos estaba dando caza, va a ir al bosque de Warath. Cosas extrañas están allí ocurriendo…

Taryc se quedaba sin nada más que contar, y Sigmund parecía seguir inmutable.

-Y bueno -continuó a la desesperada-, te vuelvo a decir que tenemos a un archiduque a nuestra disposición, junto con unos cuatrocientos soldados… Son muy pocos, pero la verdad es que es una alegría tener a gente que por fin cree en nosotros. Nos han ayudado todo lo que han podido. Les estoy eternamente agradecidos…

>>¿Y vosotros qué habéis averiguado? Cuéntame, porque quizás pueda ser crucial para nuestros próximos pasos.

El enlace mental quedó en silencio. Taryc llegó a preguntarse si los últimos minutos los había pasado hablando sola, en su cuarto. Pero entonces, las lejanas palabras de Sigmund llegaron hasta su mente de nuevo. Lentas, cautelosas. Amargas.

“Tal vez. Nosotros no hemos hecho cosas tan sumamente importantes como vosotros, siento decirlo. Nos hemos unido también a algunos nuevos compañeros, pero no hemos hecho demasiado.

“Encontramos unas excavaciones lideradas por un grupo de arqueólogos. Exploraban una tumba cerca de Wingstar, en mitad de las Montañas Azules. Descubrimos y conseguimos derrotar a una criatura que aterrorizaba al campamento, aunque con patético resultado, lamentablemente. Tuvimos que huir de allí debido a que el kender tuvo algunos pequeños problemas con un par de dagas… y un par de muertos…

“Poco después seguimos nuestro camino, hasta que éste desapareció a los pies de una pequeña villa que estaba gobernada por una abadía… se llama… llamaba… el Monasterio del Búho Rojo. Este monasterio, dedicado a Helm, guardaba una Muralla que separa la torre de Crues del resto del mundo. Aquí nos separamos de Kaith y de Sun.

“Estuvimos intentando ayudar a los sacerdotes que guardaban la muralla con un pequeño problema que tenian, pero…”

Entonces la voz de Sigmund se quiebra por fin, rompiendo su soniquete monótono, distante y vacío. Los instantes de silencio que lo sucedieron parecieron alargarse horas.

“Taryk… -la voz de Sigmund sonaba ronca, débil… destrozada. La muchacha no podía verlo, pero sabía que en aquél momento, en las mejillas del que fuera sacerdote de los muertos, relucían las lágrimas-. ¿Que he hecho? ¿Cómo he podido hacer lo que he hecho? ¿Por qué he sido tan sumamente egoísta?”

-Sigmund… -empezó Taryc débilmente, pero no tuvo tiempo de continuar.

“Taryc, escúchame… He dejado que una gran sierpe alada azul destruya toda la villa que yo estaba protegiendo… Y lo peor es que no pude hacer nada, quedé inconsciente… ¡Me dormí! Debí de haber muerto… O debí de haberme enfrentado con ese ser y haberlo destruido… pero sin embargo… no hice nada… por mi completa estupidez…

“Debo… He de pedirte un último favor. Quiero que os encontréis con Coren y el resto de mi grupo. En el pueblo en que nos separamos. En Wingstar. Debes dejar que ellos se unan a vosotros. Al menos ellos podrán ayudar en la guerra. Prométeme que harás eso, por mí. Por favor…”

-Más dragones… -dijo Taryc, alarmada-. Nosotros ya nos hemos encontrado con dos, Sigmund. Parece que la Secta está consiguiendo lo que se propone. Tres dragones, y saben los Dioses cuantos más…

-Los Dioses no existen… -la interrumpió Sigmund, destrozado. La muchacha lamentó al momento sus palabras.

-Sigmund, tú no tienes la culpa de lo que ha ocurrido. Es imposible luchar con esos seres. Por ahora sólo te pido que no flaquees, no huyas… Sigue con tus compañeros. Estamos todos juntos en esto, ¿no es así? ¡Tú mismo lo dijiste!

>>Por favor, Sigmund. No caigas ahora… Hemos visto mucha muerte… Mucha destrucción… Mucho odio… Pero a pesar de ello seguimos juntos, por muy lejos que estemos… Míranos, estamos hablando ahora como si estuviésemos uno al lado del otro. ¡Tú nos has reunido!

>>No sé en qué estás pensando, pero por favor… sea lo que sea, no lo hagas solo… Recuerda que somos amigos. Somos un grupo…

>>En una semana habremos llegado a las Montañas Azules, y entonces podremos reunirnos en persona. Pero mientras, no te atormentes… Puedo sentir que vamos por buen camino, Sigmund…

“No Taryc, ya no puedo más -lo interrumpió el semiatlante, desesperado-. Aún oigo los lamentos de aquellos que quedaron encerrados en la abadía. Fueron destruidos por el mortífero ataque de la sierpe. Los relámpagos en la noche, los gritos, el olor a carne quemada…

“No. He decidido quedarme aquí. Ayudaré a los pocos supervivientes que han quedado. Voy a ayudarlos a reconstruir el lugar y a que vuelvan, como mínimo, a su estado anterior. Se lo debo.”

-Pero Sigmund, ¡puedes hacer mucho más que eso!

“Por favor, Taryc -la interrumpió Sigmund, y Taryc pudo sentir el restallido de cada palabra en su cabeza. Se llevó las manos a la frente mientras apretaba los dientes para mitigar el dolor-. Por favor… Espero que vayáis a encontraros con Coren y los demás. Tienen documentos de suma importancia. Y, además, ellos aun pueden ser útiles en este sin sentido.

“-Por favor, respetad mi decisión. Espero que nos volvamos a ver, cuando todo esto haya acabado. No vengáis a por mí, no quiero tener que enfrentarme a ninguno de vosotros…

“Adios Taryc. Por favor, vive, y no mueras… como yo he hecho.”

La joven pudo sentir como su mente se despejaba, y una profunda sensación de soledad la envolvía en su lugar. Se quedó allí, tiritando, con los brazos apretados contra su cuerpo, sin saber exactamente qué había pasado.

Así la encontró el amanecer, cuyos rayos de sol bañaron su habitación y trajeron luz hasta su rostro. Allí se reflejaron en lágrimas, que recorrían sus mejillas. Lagrimas por un amigo muerto en vida.

-Adios Sigmun… -susurró al aire-. Cuidate.

Lágrimas que nadie más vería.

Sigmund y Coren: Ruinas del Monasterio del Búho Rojo, Montañas Azules. Al norte de la Muralla de los Dioses.
Taryc: Ciudad de Media Esuarth, Entanas.
8 de Diciembre del 1508 d.S.

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Song: “Devil came to me, and he said: You belong to me”.
– Devil Came to Me, Dover.
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Original Threadhttp://vilia.mforos.com/982396/4515008-the-contact/

Book: “Do what you will, you cannot annihilate that eternal relic in the heart of man, love”.
– Les Misérables, Victor Hugo
https://www.goodreads.com/book/show/24280.Les_Mis_rables?from_search=true

Quote: “Acepta que no tienes control, que puede pasar cualqueir cosa, que puede salir mal, incluso… Y disfruta del viaje.” – Erizo.